Bien es sabido que la finalidad de los cuentos, casi siempre, es la de transmitir una lección o enseñanza mientras se entretiene, generalmente al público infantil. Dentro de la filosofía budista existen muchísimas historias muy interesantes e instructivas que nos invitan a dar un nuevo enfoque a nuestro punto de vista. Hoy os traigo una historia muy bonita con un mensaje precioso que espero que os pueda servir para ponerla en práctica.
LA LEYENDA DE MADAHUTA
Hace mucho tiempo, en la India, vivió un joyero muy rico, de nombre Pandú. Cierto día en que se dirigía en su carruaje hacia la ciudad de Varanasi, Pandú se regocijaba por la bonanza del tiempo, recién refrescado por una tormenta, y sobre todo por el dinero que iba a conseguir al día siguiente vendiendo las joyas en el mercado.
Mirando hacia adelante, Pandú observó un monje caminando lentamente por un lado de la carretera. El monje caminaba con pasos firmes y espalda erguida; había algo en él que irradiaba paz y fortaleza interior. Pandú pensó:
-Si ese monje va a Varanasi, le pediré si quiere viajar conmigo. Parece un santo y yo he oído que la compañía de hombres santos siempre trae buena suerte.
Así que dio órdenes a su fortachón esclavo, llamado Mahaduta, de parar los caballos-
-Venerable Maestro del Dharma -dijo Pandú, abriendo la puerta de su carruaje- ¿Puedo ofrecerle transporte hasta Varanasi?
-Viajaré contigo -contestó el monje-, si comprendes que no puedo pagarte, pues no tengo posesiones materiales. Lo único que puedo ofrecerte es Dharma.
-Acepto sus condiciones -dijo el joyero, que siempre pensaba como si estuviese negociando.
Y así invitó al monje a entrar en su carruaje.
Durante el viaje, el monje, cuyo nombre era Narada, le habló del karma, que es la ley de causa y efecto.
-La gente crea sus propios destinos a través de sus acciones -dijo Narada-.
Buenas acciones generan de un modo natural buena fortuna, mientras que quienes cometen maldades acaban pagando por ellas tarde o temprano.
Pandú se encontraba a gusto con su compañero. Le gustaba oír cosas con sentido, pues él era un hombre muy práctico, y también tenía raíces buenas y profundas en el Dharma, aunque esto último él no lo sabia.
Pandú, el joyero, interrumpió ásperamente a Narada cuando su carruaje se paró en mitad de la carretera.
-¿Qué ocurre?-gritó irritado a su esclavo Mahaduta- ¡No hay tiempo que perder! Varanasi estaba aún a diez millas de distancia, y el sol se estaba poniendo por el Oeste.
-Es el carromato de un estúpido agricultor en medio de la carretera- vociferó el esclavo.
El monje y el joyero abrieron las puertas del carruaje y se asomaron para ver lo que ocurría. Un poco más adelante, y bloqueando la carretera. había un carromato cargado de sacos de arroz. La rueda derecha yacía averiada en una zanja. El agricultor estaba sentado en el suelo intentando reparar una pezonera rota.
-¡Yo no puedo esperar! ¡Mahaduta! -gritó Pandú- ¡Aparta su carromato!
El campesino se levantó de un salto para protestar y Narada volvió hacia Pandú para pedirle que pensase otro modo de resolver la situación.
Pero antes de que nadie pudiese decir una palabra, el fortachón Mahaduta ya había saltado de su asiento, y arremetiendo contra el carromato del agricultor, lo empujó dentro de la zanja. Varios sacos de arroz cayeron en el barro. El agricultor se fue corriendo y chillando hacia Mahaduta, pero se frenó al darse cuenta de que el esclavo le doblaba en tamaño y fuerza. Sonriendo maliciosamente, Mahaduta levantó su puño; estaba claro que habría disfrutado dando una paliza al campesino si su amo no tuviese tanta prisa. Al mismo tiempo que el esclavo volvía a su asiento y retomaba las riendas del carruaje, el monje se bajó a la carretera, y dirigiéndose a Pandú le dijo:
-Estoy descansado y en deuda contigo por haberme llevado durante una hora, y qué mejor modo de saldar esta deuda que ayudando a este desafortunado agricultor al que tú has maltratado. Al hacerle daño, puedes dar por seguro que un daño similar te ocurrirá a ti. Así que, tal vez, si le ayudo puedo hacer que tu deuda con él no sea tan grave. Puesto que además el agricultor fue un familiar tuyo en una vida previa, tu karma y el suyo, están atados de una manera mucho más fuerte de lo normal.
El joyero estaba sorprendido. No estaba acostumbrado a que lo regañaran, ni siquiera con la amabilidad con que el monje lo había hecho. Pero lo que más le molestó fue la idea de que él, Pandú, un joyero con grandes riquezas, pudiese estar de algún modo relacionado con un agricultor del arroz -
-¡Eso es imposible!- replicó a Narada.
Narada esbozó una sonrisa y dijo:
- A veces la gente más inteligente no alcanza a reconocer las verdades más básicas de la vida. Pero yo intentaré protegerte contra el daño que te has hecho a ti mismo.
Molesto por estas palabras, Pandú hizo una señal vehemente con su mano para que el esclavo pusiese el carruaje en marcha.
Al oír el Dharma, el agricultor comprendió la ley de causa y efecto. Devala, el agricultor, ya se había sentado de nuevo en el suelo, a un lado de la carretera intentando reparar de nuevo la rueda. Narada lo saludó inclinando su cabeza y empezó a empujar el carromato fuera de la zanja. Devala se levantó de un salto para ayudarlo, pero se dio cuenta de que el monje tenía mucha más fuerza de lo que se podía esperar de una persona de complexión tan ligera. El carromato estaba de nuevo en la carretera incluso antes de que Devala la hubo cruzado,
-Este monje debe ser un santo -pensó Devala en silencio.
-Dioses y espíritus invisibles protectores del Dharma deben ayudarlo. Tal vez él pueda explicarme por qué hoy mi suerte ha dado un giro a peor.
Los dos hombres cargaron los sacos de arroz que Mahaduta había tirado en la zanja, y entonces, al mismo tiempo que Devala se sentaba de nuevo a arreglar la rueda, preguntó:
-Venerable maestro del Dharma, ¿ puede explicarme por qué he tenido que sufrir semejante injusticia por parte de ese rico tan arrogante a quien nunca había visto antes? ¿ Es esto razonable? Narada contestó:
-Lo que has sufrido hoy no es realmente una injusticia. Has recibido el pago exacto por el daño que tú causaste al joyero en una vida previa.
El agricultor dijo asintiendo:
-He oído a gente decir ese tipo de cosas antes, pero nunca he sabido si creerlas o no.
-No es algo muy difícil de creer- dijo el monje-. Nos convertimos en lo que hacemos.
Si hacer buenas cosas, serás buena persona de un modo natural, y cosas buenas le ocurrirán naturalmente. Lo mismo sucede con las maldades. Actos malvados crean malas personalidades y vidas desafortunadas. Todas las cosas que has pensado, dicho y hecho crean la clase de persona que eres ahora, y también contienes las semillas de lo que serás en el futuro. Está es la ley de causa y efecto, la ley del karma.
-Tal vez sea así- dijo Devala-. pero yo no soy una mala persona, y ¡mira lo que me ha ocurrido hoy!
Narada le preguntó:
- Sin embargo,¿no es cierto que tú habrías hecho lo mismo al joyero si él hubiese sido el que bloquease la carretera y tú el que llevase un conductor tan bravucón?
Las palabras del monje hicieron que Devala enmudeciese. Se dio cuenta de que hasta el momento en que Narada apareció para ayudarlo, su mente había estado llena de pensamientos de venganza. Exactamente lo que Narada había dicho es lo que él había estado pensando:
-Ojalá hubiese sido él quien volcase el carruaje del joyero para después poder reanudar el viaje con orgullo mientras el ricachón se quedaba revolcado en el lodo.
-Sí, Maestro del Dharma -admitió-. Es verdad.
Los dos hombres permanecieron en silencio hasta que la pezonera estaba lista y la rueda montada de nuevo en el carromato. El campesino seguía cavilando en las palabras del monje. Aunque Devala no había ido nunca a la escuela, él era un hombre muy pensativo y siempre intentaba descubrir el porqué de las cosas y las razones detrás de los sucesos. De repente dijo:
-¡Pero esto es terrible! Ahora que el joyero me ha hecho daño, yo tendré que hacerle algo malo a él. Entonces él me lo devolverá, y yo volveré a herirle. ¡Y esto nunca acabará!
-No, no tiene por qué ser así- dijo Narada-, La gente tiene el poder de hacer cosas buenas y cosas malas. Encuentra un modo de pagar a este joyero tan orgulloso con ayuda en lugar de pagarle con daño .Entonces el ciclo se romperá. Devala asintió dudosamente a la vez que subía a su carromato. Creía lo que el monje le había dicho, pero no veía como iba a tener la oportunidad de seguir sus consejos.
¿Cómo iba a ser posible que él, un pobre campesino, pudiese ayudar a un hombre tan rico?
Invitó a Narada a sentarse junto a él y tomó las riendas del caballo. El caballo apenas había empezado a caminar cuando se paró de repente.
-¡Una serpiente en la carretera!-gritó Devala-. Pero Narada, mirando más atentamente, vio que no era una serpiente, sino una bolsa . Bajó del carro y la recogió. Era muy pesada pues estaba llena de oro.
-La reconozco. Pertenece a Pandú, el joyero -dijo el monje-. La llevaba entre sus piernas en el carruaje.
Debe habérsele caído al abrir la puerta para intentar verte. ¿No te dijo que su destino estaba unido al tuyo? Dándole la bolsa a Devala le dijo:
-Aquí tienes la oportunidad de cortar las ataduras de violencia y venganza que te atan al joyero.
Cuando lleguemos a Varanasi, vete a la posada donde se hospeda y devuélvele el dinero.
Él pedirá perdón por lo que te hizo, pero tú dile que no guardas ningún rencor y que le deseas lo mejor. Y escucha atentamente, vosotros dos sois muy parecidos, y ambos prosperaréis o fracasaréis juntos dependiendo de vuestras acciones.
FIN
jueves, 15 de junio de 2017
jueves, 8 de junio de 2017
SANCHA
En esta calurosa tarde de junio, os quiero hablar sobre Vicente Blasco Ibáñez, uno de los autores naturalistas más populares de finales del siglo XIX y principios del XX. La mayor parte de su obra refleja la sociedad valenciana de la época. Obras suyas son "La Barraca", "Cañas y Barro"pero el gran éxito internacional le llegó a Blasco Ibáñez tras la escritura de "Los cuatro jinetes del Apocalipsis" (1916), ésta última se vendió en todo el mundo y fue adaptada al cine en 1921 por Rex Ingram y en 1961 poe Vincent Minelli.
La historia que comparto con todos los lectores de nuestra biblioteca, se titula "Sancha" es un cuento en el que relata la vida de la gente sencilla de un pueblo cualquiera de la Albufera valenciana y la curiosa relación que tiene un humilde pastor de cabras con una serpiente. Espero que os guste y que, si aún no lo habéis hecho, os anime a conocer la obra de Blasco Ibáñez.
SANCHA
El bosque parecía alejarse hacia el mar, dejando entre sí y la Albufera una extensa llanura una extensa llanura baja, cubierta de vegetación bravía, rasgada a trechos por la tersa lámina de pequeñas lagunas.
Era el llano de Sancha, Un rebaño de cabras, guardado por un muchacho, pastaba entre las malezas, y a su vista surgió en la memoria delos hijos de la Albufera la tradición que daba su nombre al llano.
Un pastorcillo como el que ahora caminaba por la orilla, apacentaba sus cabras en otros tiempos en el mismo llano. Pero esto era muchos años antes, muchos... tantos, que ninguno de los viejos que aún vivían en la Albufera conoció al pastor; ni el mismo tío Paloma.
El muchacho vivía como un salvaje en la soledad, y los barqueros que pescaban en el lago le oían gritar desde muy lejos en las mañanas de calma:
-¡Sancha, Sancha!
Sancha era una serpiente pequeña, la única amiga que le acompañaba. El mal bicho acudía a los gritos, y el pastor, ordeñando sus mejores cabras, le ofrecía un cuenco de leche. Después, en las horas del sol, el muchacho se fabricaba un caramillo cortando cañas en los carrizales y soplaba dulcemente, teniendo a sus pies al reptil que enderezaba parte de su cuerpo y lo contraía como si quisiera danzar al compás de los suaves silbidos.
Otras veces el pastor se entretenía deshaciendo los anillos de Sancha, extendiéndola en línea recta sobre la arena, regocijándose al ver con qué nerviosos impulsos volvía a enroscarse.
Cuando, cansado de estos juegos llevaba el rebaño al otro extremo de la gran llanura, seguíale la serpiente como un gozquecillo o enroscándose sus piernas le llegaba hasta el cuello, permaneciendo allí como caída o muerta, y con sus ojos de diamante fijos en los del pastor, erizándole el vello de su cara con el silbido de su boca triangular.
Las gentes de la Albufera lo tenían por brujo y más de una mujer de las que tomaban leña en la Dehesa, al verle llegar con la Sancha en el cuello, hacían la señal de la cruz como si se presentase el demonio. Así comprendían todos, cómo el pastor podía dormir en la selva sin miedo a los grandes reptiles que pululaban en la maleza. Sancha, que debía ser el diablo, le guardaba de todo peligro.
La serpiente crecía y el pastor era ya todo un hombre cuando los habitantes de la Albufera no lo vieron más. Se supo que era soldado y que se hallaba peleando en las guerras de Italia. Ningún otro rebaño volvió a pastar en la salvaje llanura. Los pescadores, al bajar a tierra, no gustaban de aventurarse en los altos juncales que cubrían las pestíferas lagunas. Sancha, falta de la leche con que la regalaba el pastor, debía perseguir los innumerables conejos de la dehesa.
Transcurrieron ocho o diez años y un día los habitante de Saler, vieron llegar, por el camino de Valencia, apoyado en un palo y con la mochila a la espalda, a un soldado, un granadero enjuto y cetrino, con las negras polainas hasta encima de la rodilla. Sus grandes bigotes no le impidieron ser reconocido. Era el pastor que regresaba. Llegó a la llanura pantanosa donde en otros tiempos guardaba sus reses. Nadie. Las libélulas movían sus alas sobre altos juncos con suave zumbido y en los charcos ocultos bajo los matorrales chapoteaban los sapos asustados por la proximidad del soldado.
-¡Sancha, Sancha!- llamó suavemente el antiguo pastor. Y cuando hubo repetido su llamamiento muchas veces, vio que las altas hierbas se agitaban y oyó un estrépito de cañas tronchadas, como si se arrastrase un cuerpo pesado. Entre los juncos brillaron dos ojos a la altura de los suyos y avanzó una cabeza achatada moviendo la lengua de horquilla, con un bufido tétrico que parecía helarle la sangre. Era Sancha, pero enorme, soberbia, levantándose a la altura de un hombre, arrastrando su cola entre la maleza hasta perderse de vista, con la piel multicolor y el cuerpo grueso como el tronco de un pino.
-¡Sancha!- gritó el soldado retrocediendo a impulsos del miedo-. ¡Cómo has crecido! ¡Qué grande eres!
E intentó huir. Pero la antigua amiga, pasado el primer asombro, pareció reconocerle y se enroscó en torno de sus hombros, estrechándole con un anillo de su piel rugosa sacudida por nerviosos estremecimientos. El soldado forcejeó.
-¡Suelta, Sancha, suelta! No me abraces. Eres demasiado grande para esos juegos.
Otro anillo oprimió sus brazos agarrotándolos. La boca del reptil le acariciaba como en otros tiempos; su aliento le agitaba el bigote causándole un escalofrío angustioso, y mientras tanto, los anillos se contraían, se estrechaban hasta que el soldado, asfixiado, crujiéndole los huesos, cayó al suelo envuelto en el rollo de pintados colores de los anillos.
A los pocos días unos pescadores encontraron su cadáver; una masa informe con los huesos quebrantados y la carne amoratada por el irresistible apretón de Sancha. Así murió el pastor, víctima de un abrazo de su antigua amiga.
FIN
La historia que comparto con todos los lectores de nuestra biblioteca, se titula "Sancha" es un cuento en el que relata la vida de la gente sencilla de un pueblo cualquiera de la Albufera valenciana y la curiosa relación que tiene un humilde pastor de cabras con una serpiente. Espero que os guste y que, si aún no lo habéis hecho, os anime a conocer la obra de Blasco Ibáñez.
SANCHA
El bosque parecía alejarse hacia el mar, dejando entre sí y la Albufera una extensa llanura una extensa llanura baja, cubierta de vegetación bravía, rasgada a trechos por la tersa lámina de pequeñas lagunas.
Era el llano de Sancha, Un rebaño de cabras, guardado por un muchacho, pastaba entre las malezas, y a su vista surgió en la memoria delos hijos de la Albufera la tradición que daba su nombre al llano.
Un pastorcillo como el que ahora caminaba por la orilla, apacentaba sus cabras en otros tiempos en el mismo llano. Pero esto era muchos años antes, muchos... tantos, que ninguno de los viejos que aún vivían en la Albufera conoció al pastor; ni el mismo tío Paloma.
El muchacho vivía como un salvaje en la soledad, y los barqueros que pescaban en el lago le oían gritar desde muy lejos en las mañanas de calma:
-¡Sancha, Sancha!
Sancha era una serpiente pequeña, la única amiga que le acompañaba. El mal bicho acudía a los gritos, y el pastor, ordeñando sus mejores cabras, le ofrecía un cuenco de leche. Después, en las horas del sol, el muchacho se fabricaba un caramillo cortando cañas en los carrizales y soplaba dulcemente, teniendo a sus pies al reptil que enderezaba parte de su cuerpo y lo contraía como si quisiera danzar al compás de los suaves silbidos.
Otras veces el pastor se entretenía deshaciendo los anillos de Sancha, extendiéndola en línea recta sobre la arena, regocijándose al ver con qué nerviosos impulsos volvía a enroscarse.
Cuando, cansado de estos juegos llevaba el rebaño al otro extremo de la gran llanura, seguíale la serpiente como un gozquecillo o enroscándose sus piernas le llegaba hasta el cuello, permaneciendo allí como caída o muerta, y con sus ojos de diamante fijos en los del pastor, erizándole el vello de su cara con el silbido de su boca triangular.
Las gentes de la Albufera lo tenían por brujo y más de una mujer de las que tomaban leña en la Dehesa, al verle llegar con la Sancha en el cuello, hacían la señal de la cruz como si se presentase el demonio. Así comprendían todos, cómo el pastor podía dormir en la selva sin miedo a los grandes reptiles que pululaban en la maleza. Sancha, que debía ser el diablo, le guardaba de todo peligro.
La serpiente crecía y el pastor era ya todo un hombre cuando los habitantes de la Albufera no lo vieron más. Se supo que era soldado y que se hallaba peleando en las guerras de Italia. Ningún otro rebaño volvió a pastar en la salvaje llanura. Los pescadores, al bajar a tierra, no gustaban de aventurarse en los altos juncales que cubrían las pestíferas lagunas. Sancha, falta de la leche con que la regalaba el pastor, debía perseguir los innumerables conejos de la dehesa.
Transcurrieron ocho o diez años y un día los habitante de Saler, vieron llegar, por el camino de Valencia, apoyado en un palo y con la mochila a la espalda, a un soldado, un granadero enjuto y cetrino, con las negras polainas hasta encima de la rodilla. Sus grandes bigotes no le impidieron ser reconocido. Era el pastor que regresaba. Llegó a la llanura pantanosa donde en otros tiempos guardaba sus reses. Nadie. Las libélulas movían sus alas sobre altos juncos con suave zumbido y en los charcos ocultos bajo los matorrales chapoteaban los sapos asustados por la proximidad del soldado.
-¡Sancha, Sancha!- llamó suavemente el antiguo pastor. Y cuando hubo repetido su llamamiento muchas veces, vio que las altas hierbas se agitaban y oyó un estrépito de cañas tronchadas, como si se arrastrase un cuerpo pesado. Entre los juncos brillaron dos ojos a la altura de los suyos y avanzó una cabeza achatada moviendo la lengua de horquilla, con un bufido tétrico que parecía helarle la sangre. Era Sancha, pero enorme, soberbia, levantándose a la altura de un hombre, arrastrando su cola entre la maleza hasta perderse de vista, con la piel multicolor y el cuerpo grueso como el tronco de un pino.
-¡Sancha!- gritó el soldado retrocediendo a impulsos del miedo-. ¡Cómo has crecido! ¡Qué grande eres!
E intentó huir. Pero la antigua amiga, pasado el primer asombro, pareció reconocerle y se enroscó en torno de sus hombros, estrechándole con un anillo de su piel rugosa sacudida por nerviosos estremecimientos. El soldado forcejeó.
-¡Suelta, Sancha, suelta! No me abraces. Eres demasiado grande para esos juegos.
Otro anillo oprimió sus brazos agarrotándolos. La boca del reptil le acariciaba como en otros tiempos; su aliento le agitaba el bigote causándole un escalofrío angustioso, y mientras tanto, los anillos se contraían, se estrechaban hasta que el soldado, asfixiado, crujiéndole los huesos, cayó al suelo envuelto en el rollo de pintados colores de los anillos.
A los pocos días unos pescadores encontraron su cadáver; una masa informe con los huesos quebrantados y la carne amoratada por el irresistible apretón de Sancha. Así murió el pastor, víctima de un abrazo de su antigua amiga.
FIN
jueves, 1 de junio de 2017
UNA HISTORIA INQUIETANTE
Hoy quiero hablaros de Guillaume de Apollinaire, poeta francés que vivió entre los siglos XIX Y XX.
El núcleo de su obra fue la poesía, a la que entendía como un arte inseparable del conjunto de experiencias de la vida cotidiana. Fue pieza clave en el paralelismo entre pintura y poesía, generando nuevas prácticas de vanguardia en la literatura y el arte modernos. En su poesía expresa su inquietud por temas como el recuerdo, la angustia, el amor, la melancolía o el erotismo. Su intento de innovación literaria lo situó como una figura de transición entre el movimiento simbolista y el surrealista.
En los poemas de Caligramas, aparecidos de manera póstuma, Guillaume de Apollinaire llevó al extremo la experimentación formal de sus anteriores obras, preludiando la escritura automática surrealista al romper deliberadamente la estructura lógica y sintáctica del poema. Son célebres, por otro lado, sus "ideogramas", en que la tipografía servía para "dibujar" objetos con el texto mismo del poema, en un intento de aproximarse al cubismo y como expresión del afán vanguardista de romper las distinciones de géneros y artes.
Pero la historia que os dejo en esta ocasión es un cuento corto que hace muy poco tiempo descubrí con el que Apollinaire demuestra, además, su capacidad narrativa. Espero, como siempre, que os guste.
EL MARINERO DE ÁMSTERDAM
El bergantín holandés Alkmar regresaba de Java cargado de especias y otras mercancías preciosas. Hizo escala en Southampton, y a los marineros se les dio permiso para bajar a tierra. Uno de ellos, Hendrijk Wersteeg, llevaba un mono sobre el hombro derecho, un loro sobre el izquierdo y, en bandolera, un fardo de telas indias que tenía intención de vender en la ciudad, junto con los animales.
Era a principios de primavera, y la noche caía todavía temprano. Hendrijk Wersteeg caminaba a paso ligero por las calles algo brumosas que la luz de gas apenas iluminaba. El marinero pensaba en su próximo regreso a Ámsterdam, en su madre, a la que no había visto en tres años, en su prometida, que le esperaba en Monikedam. Sopesaba el dinero que conseguiría de los animales y de las telas y buscaba una tienda en donde vender tales mercancías exóticas.
En Above Bar Street, un caballero vestido muy pulcramente le abordó, preguntándole si buscaba comprador para su loro.
-Este pájaro -dijo- me vendría muy bien. Necesito a alguien que me hable sin que yo tenga que contestarle, pues vivo completamente solo.
Como la mayoría de los marineros holandeses, Hendrijk Wersteeg hablaba inglés. Puso un precio que el desconocido aceptó.
-Sígame -dijo éste-. Vivo bastante lejos. Usted mismo colocará el loro en una jaula que hay en mi casa. Me mostrará también sus telas, y puede que haya entre ellas algunas que me gusten.
Muy contento por el trato hecho, Hendrijk Wersteeg se fue con el caballero, ante el cual, en la esperanza de poder vendérselo también, elogió al mono, que era, decía, de una raza bien rara, una de esas cuyos individuos mejor resisten el clima de Inglaterra y que más se encariñan con el dueño.
Pero pronto Hendrijk Wersteeg dejó de hablar. Malgastaba en vano sus palabras, puesto que el desconocido no le respondía y ni siquiera parecía escucharle.
Continuaron el camino en silencio, el uno al lado del otro. Solos, añorando sus bosques natales en los trópicos, el mono, asustado por la bruma, soltaba de vez en cuando un gritito parecido al vagido de un recién nacido, y el loro batía las alas.
Al cabo de una hora de marcha, el desconocido dijo bruscamente:
-Nos acercamos a mi casa.
Habían salido de la ciudad. El camino estaba bordeado de grandes parques cercados con verjas; de vez en cuando brillaban, a través de los árboles, las ventanas iluminadas de una casita de campo, y se oía a intervalos en la lejanía el grito siniestro de una sirena en el mar.
El desconocido se paró ante una verja, sacó de su bolsillo un manojo de llaves y abrió la cancilla, que volvió a cerrar una vez Hendrijk la hubo franqueado.
El marinero estaba impresionado: apenas distinguía, al fondo de un jardín, una casa de bastante buena apariencia, pero cuyas persianas cerradas no dejaban pasar luz alguna. El desconocido silencioso, la casa sin vida, todo le resultaba bastante lúgubre. Pero Hendrijk se acordó de que el desconocido vivia solo.
"¡Es un excéntrico!" pensó, y como un marinero holandés no es lo suficientemente rico como para que se le engañe con el fin de desvalijarlo, se avergonzó de su instante de ansiedad.
-Si tiene cerillas, ilumíneme -dijo el desconocido metiendo la llave en la cerradura de la puerta de la casa.
El marinero obedeció y, una vez dentro de la casa, el desconocido trajo una lámpara que pronto iluminó un salón amueblado con buen gusto.
Hendrijk Wersteeg estaba totalmente tranquilo. Alimentaba la esperanza de que su extraño compañero le comprara una buena parte de sus telas.
El desconocido, que acababa de salir del salón, volvió con una jaula;
-Meta aquí el loro -le dijo-. No lo pondré en una percha hasta que se haya domesticado y sepa decir lo que quiero que diga.
Después, tras haber cerrado la jaula en la que, espantado, quedó el pájaro, le pidió al marinero que cogiera la lámpara y fuese a la habitación contigua, en donde se encontraba, según decía, una mesa cómoda para extender las telas. Hendrijk Wersteeg obedeció y fue a la alcoba que se le había indicado. De pronto, oyó que la puerta se cerraba tras él y que la llave giraba. Estaba prisionero. Trastornado, dejó la lámpara sobre la mesa y quiso arrojarse contra la puerta para tirarla abajo. Pero una voz le detuvo:
-¡Un paso más y es hombre muerto, marinero!
Levantando la cabeza, Hendrijk vio por un tragaluz en el que antes no había reparado que el cañón de un revólver le apuntaba. Aterrorizado, se detuvo. No le era posible luchar: su navaja no iba a servirle en estas circunstancias; incluso un revólver le hubiera resultado inútil. El desconocido que lo tenía a su merced se escondía detrás de un muro, al lado del tragaluz desde el cual vigilaba al marinero, y por donde pasaba la mano que esgrimía el revólver.
-Escúcheme -le dijo el desconocido- y obedezca. El servicio obligado que usted me va a prestar será recompensado. Pero no tiene elección. Es necesario que me obedezca sin dudar o lo mataré como a un perro. Abra el cajón de la mesa... Hay dentro un revólver de seis tiros, cargado con cinco balas... Cójalo.
El marinero holandés obedecía casi inconscientemente. El mono, subido a su hombro, gritaba de terror y temblaba. El desconocido continuó:
-Hay una cortina al fondo de la habitación. Descórrala.
Descorrida la cortina, Hendrijk vio un cuarto en el que, sobre una cama, atada de pies y manos y amordazada, una mujer le miraba con los ojos llenos de desesperación.
-Desate las ataduras de esta mujer -dijo el desconocido- y quítele la mordaza.
Ejecutada la orden, la mujer, muy joven y de una belleza admirable, se arrojó de rodillas ante el tragaluz, gritando:
-¡Harry, es una estratagema infame! Me has atraído a esta casa para asesinarme. Has pretendido haberla alquilado para que pasáramos en ella los primeros días de nuestra reconciliación. Creía haberte convencido. ¡Pensaba que por fin estarías seguro de que yo no tuve nunca la culpa de nada! ¡Harry! ¡Harry! ¡Soy inocente!
-No te creo -dijo secamente el desconocido.
-¡Harry, soy inocente! -repitió la joven con voz estrangulada.
-Esas son tus últimas palabras, las grabaré cuidadosamente. Se me repetirán toda mi vida.
Yla voz del desconocido tembló un poco, volviéndose rápidamente firme:
-Como todavía te amo -añadió-, te mataría yo mismo, si te quisiera menos. Pero me sería imposible, porque te amo...
Ahora, marinero, si antes de que haya contado hasta diez no ha metido una bala en la cabeza de esta mujer, caerá muerto a sus pies. Uno, dos, tres...
Y antes de que el desconocido hubiera contado cuatro, Hendrijk, enloquecido, disparó sobre la mujer, quien, todavía de rodillas, le miraba fíjamente. Cayó de bruces contra el suelo. La bala le había entrado en la frente. De inmediato, un disparo surgido del tragaluz le vino a dar al marinero en la sien derecha. Se desplomó sobre la mesa, mientras que el mono. lanzando agudos chillidos de horror, se refugiaba en su blusón.
Al día siguiente, algunos transeúntes que habían oído gritos extraños procedentes de una casa de las afueras de Southampton, advirtieron a la policía, que llegó rápidamente para forzar las puertas. Encontraron los cadáveres de la joven dama y del marinero. El mono, saliendo violentamente del blusón de su dueño, le saltó a la nariz a uno de los policías. Asustó tanto a todos que, retrocediendo algunos pasos, acabaron por abatirlo a tiros antes de atreverse a acercarse de nuevo a él.
La justicia informó. Parecía claro que el marinero había matado a la dama y que se había suicidado acto seguido. Sin embargo, las circunstancias del drama eran misteriosas. Los dos cadáveres fueron identificados sin problemas y todos se preguntaban cómo lady Finngal, esposa de un par de Inglaterra, había sido encontrada sola, en una casa de campo solitaria, con un marinero llegado la víspera a Southampton.
El propietario de la casa no pudo dar dato alguno que ayudara a la justicia a esclarecer los hechos. La casita había sido alquilada ocho días antes del drama a un tal Collins, de Manchester, que además continuaba en paradero desconocido. Este Collins usaba anteojos y tenía una larga barba roja que bien podría ser falsa.
El lord llegó de Londres a toda prisa. Adoraba a su mujer y su dolor daba lástima a quien le veía. Como todo el mundo, no entendía nada de este asunto.
Después de estos acontecimientos, se retiró del mundo. Vive en su casa de Kensigton, sin otra compañía que la de un criado mudo y un loro que le repite sin cesar:
-¡Harry, soy inocente!
FIN
El núcleo de su obra fue la poesía, a la que entendía como un arte inseparable del conjunto de experiencias de la vida cotidiana. Fue pieza clave en el paralelismo entre pintura y poesía, generando nuevas prácticas de vanguardia en la literatura y el arte modernos. En su poesía expresa su inquietud por temas como el recuerdo, la angustia, el amor, la melancolía o el erotismo. Su intento de innovación literaria lo situó como una figura de transición entre el movimiento simbolista y el surrealista.
En los poemas de Caligramas, aparecidos de manera póstuma, Guillaume de Apollinaire llevó al extremo la experimentación formal de sus anteriores obras, preludiando la escritura automática surrealista al romper deliberadamente la estructura lógica y sintáctica del poema. Son célebres, por otro lado, sus "ideogramas", en que la tipografía servía para "dibujar" objetos con el texto mismo del poema, en un intento de aproximarse al cubismo y como expresión del afán vanguardista de romper las distinciones de géneros y artes.
Pero la historia que os dejo en esta ocasión es un cuento corto que hace muy poco tiempo descubrí con el que Apollinaire demuestra, además, su capacidad narrativa. Espero, como siempre, que os guste.
EL MARINERO DE ÁMSTERDAM
El bergantín holandés Alkmar regresaba de Java cargado de especias y otras mercancías preciosas. Hizo escala en Southampton, y a los marineros se les dio permiso para bajar a tierra. Uno de ellos, Hendrijk Wersteeg, llevaba un mono sobre el hombro derecho, un loro sobre el izquierdo y, en bandolera, un fardo de telas indias que tenía intención de vender en la ciudad, junto con los animales.
Era a principios de primavera, y la noche caía todavía temprano. Hendrijk Wersteeg caminaba a paso ligero por las calles algo brumosas que la luz de gas apenas iluminaba. El marinero pensaba en su próximo regreso a Ámsterdam, en su madre, a la que no había visto en tres años, en su prometida, que le esperaba en Monikedam. Sopesaba el dinero que conseguiría de los animales y de las telas y buscaba una tienda en donde vender tales mercancías exóticas.
En Above Bar Street, un caballero vestido muy pulcramente le abordó, preguntándole si buscaba comprador para su loro.
-Este pájaro -dijo- me vendría muy bien. Necesito a alguien que me hable sin que yo tenga que contestarle, pues vivo completamente solo.
Como la mayoría de los marineros holandeses, Hendrijk Wersteeg hablaba inglés. Puso un precio que el desconocido aceptó.
-Sígame -dijo éste-. Vivo bastante lejos. Usted mismo colocará el loro en una jaula que hay en mi casa. Me mostrará también sus telas, y puede que haya entre ellas algunas que me gusten.
Muy contento por el trato hecho, Hendrijk Wersteeg se fue con el caballero, ante el cual, en la esperanza de poder vendérselo también, elogió al mono, que era, decía, de una raza bien rara, una de esas cuyos individuos mejor resisten el clima de Inglaterra y que más se encariñan con el dueño.
Pero pronto Hendrijk Wersteeg dejó de hablar. Malgastaba en vano sus palabras, puesto que el desconocido no le respondía y ni siquiera parecía escucharle.
Continuaron el camino en silencio, el uno al lado del otro. Solos, añorando sus bosques natales en los trópicos, el mono, asustado por la bruma, soltaba de vez en cuando un gritito parecido al vagido de un recién nacido, y el loro batía las alas.
Al cabo de una hora de marcha, el desconocido dijo bruscamente:
-Nos acercamos a mi casa.
Habían salido de la ciudad. El camino estaba bordeado de grandes parques cercados con verjas; de vez en cuando brillaban, a través de los árboles, las ventanas iluminadas de una casita de campo, y se oía a intervalos en la lejanía el grito siniestro de una sirena en el mar.
El desconocido se paró ante una verja, sacó de su bolsillo un manojo de llaves y abrió la cancilla, que volvió a cerrar una vez Hendrijk la hubo franqueado.
El marinero estaba impresionado: apenas distinguía, al fondo de un jardín, una casa de bastante buena apariencia, pero cuyas persianas cerradas no dejaban pasar luz alguna. El desconocido silencioso, la casa sin vida, todo le resultaba bastante lúgubre. Pero Hendrijk se acordó de que el desconocido vivia solo.
"¡Es un excéntrico!" pensó, y como un marinero holandés no es lo suficientemente rico como para que se le engañe con el fin de desvalijarlo, se avergonzó de su instante de ansiedad.
-Si tiene cerillas, ilumíneme -dijo el desconocido metiendo la llave en la cerradura de la puerta de la casa.
El marinero obedeció y, una vez dentro de la casa, el desconocido trajo una lámpara que pronto iluminó un salón amueblado con buen gusto.
Hendrijk Wersteeg estaba totalmente tranquilo. Alimentaba la esperanza de que su extraño compañero le comprara una buena parte de sus telas.
El desconocido, que acababa de salir del salón, volvió con una jaula;
-Meta aquí el loro -le dijo-. No lo pondré en una percha hasta que se haya domesticado y sepa decir lo que quiero que diga.
Después, tras haber cerrado la jaula en la que, espantado, quedó el pájaro, le pidió al marinero que cogiera la lámpara y fuese a la habitación contigua, en donde se encontraba, según decía, una mesa cómoda para extender las telas. Hendrijk Wersteeg obedeció y fue a la alcoba que se le había indicado. De pronto, oyó que la puerta se cerraba tras él y que la llave giraba. Estaba prisionero. Trastornado, dejó la lámpara sobre la mesa y quiso arrojarse contra la puerta para tirarla abajo. Pero una voz le detuvo:
-¡Un paso más y es hombre muerto, marinero!
Levantando la cabeza, Hendrijk vio por un tragaluz en el que antes no había reparado que el cañón de un revólver le apuntaba. Aterrorizado, se detuvo. No le era posible luchar: su navaja no iba a servirle en estas circunstancias; incluso un revólver le hubiera resultado inútil. El desconocido que lo tenía a su merced se escondía detrás de un muro, al lado del tragaluz desde el cual vigilaba al marinero, y por donde pasaba la mano que esgrimía el revólver.
-Escúcheme -le dijo el desconocido- y obedezca. El servicio obligado que usted me va a prestar será recompensado. Pero no tiene elección. Es necesario que me obedezca sin dudar o lo mataré como a un perro. Abra el cajón de la mesa... Hay dentro un revólver de seis tiros, cargado con cinco balas... Cójalo.
El marinero holandés obedecía casi inconscientemente. El mono, subido a su hombro, gritaba de terror y temblaba. El desconocido continuó:
-Hay una cortina al fondo de la habitación. Descórrala.
Descorrida la cortina, Hendrijk vio un cuarto en el que, sobre una cama, atada de pies y manos y amordazada, una mujer le miraba con los ojos llenos de desesperación.
-Desate las ataduras de esta mujer -dijo el desconocido- y quítele la mordaza.
Ejecutada la orden, la mujer, muy joven y de una belleza admirable, se arrojó de rodillas ante el tragaluz, gritando:
-¡Harry, es una estratagema infame! Me has atraído a esta casa para asesinarme. Has pretendido haberla alquilado para que pasáramos en ella los primeros días de nuestra reconciliación. Creía haberte convencido. ¡Pensaba que por fin estarías seguro de que yo no tuve nunca la culpa de nada! ¡Harry! ¡Harry! ¡Soy inocente!
-No te creo -dijo secamente el desconocido.
-¡Harry, soy inocente! -repitió la joven con voz estrangulada.
-Esas son tus últimas palabras, las grabaré cuidadosamente. Se me repetirán toda mi vida.
Yla voz del desconocido tembló un poco, volviéndose rápidamente firme:
-Como todavía te amo -añadió-, te mataría yo mismo, si te quisiera menos. Pero me sería imposible, porque te amo...
Ahora, marinero, si antes de que haya contado hasta diez no ha metido una bala en la cabeza de esta mujer, caerá muerto a sus pies. Uno, dos, tres...
Y antes de que el desconocido hubiera contado cuatro, Hendrijk, enloquecido, disparó sobre la mujer, quien, todavía de rodillas, le miraba fíjamente. Cayó de bruces contra el suelo. La bala le había entrado en la frente. De inmediato, un disparo surgido del tragaluz le vino a dar al marinero en la sien derecha. Se desplomó sobre la mesa, mientras que el mono. lanzando agudos chillidos de horror, se refugiaba en su blusón.
Al día siguiente, algunos transeúntes que habían oído gritos extraños procedentes de una casa de las afueras de Southampton, advirtieron a la policía, que llegó rápidamente para forzar las puertas. Encontraron los cadáveres de la joven dama y del marinero. El mono, saliendo violentamente del blusón de su dueño, le saltó a la nariz a uno de los policías. Asustó tanto a todos que, retrocediendo algunos pasos, acabaron por abatirlo a tiros antes de atreverse a acercarse de nuevo a él.
La justicia informó. Parecía claro que el marinero había matado a la dama y que se había suicidado acto seguido. Sin embargo, las circunstancias del drama eran misteriosas. Los dos cadáveres fueron identificados sin problemas y todos se preguntaban cómo lady Finngal, esposa de un par de Inglaterra, había sido encontrada sola, en una casa de campo solitaria, con un marinero llegado la víspera a Southampton.
El propietario de la casa no pudo dar dato alguno que ayudara a la justicia a esclarecer los hechos. La casita había sido alquilada ocho días antes del drama a un tal Collins, de Manchester, que además continuaba en paradero desconocido. Este Collins usaba anteojos y tenía una larga barba roja que bien podría ser falsa.
El lord llegó de Londres a toda prisa. Adoraba a su mujer y su dolor daba lástima a quien le veía. Como todo el mundo, no entendía nada de este asunto.
Después de estos acontecimientos, se retiró del mundo. Vive en su casa de Kensigton, sin otra compañía que la de un criado mudo y un loro que le repite sin cesar:
-¡Harry, soy inocente!
FIN
miércoles, 17 de mayo de 2017
MAÑANA DE TERTULIA: MAYO
En la mañana de hoy miércoles 17 de mayo, ha tenido lugar la tertulia de recreo prevista para la ocasión. El hilo conductor de la actividad ha sido el corto "El otro par", una preciosa historia que nos habla sobre la generosidad, la alegría de darnos a los demás y la necesidad del desapego material. Nuestros chicos y chicas han estado muy participativos contando alguna que otra experiencia personal e intercambiando impresiones sobre la película visionada. Casi finalizando la actividad hemos charlado con el alumnado acerca de las pequeñas cosas cotidianas por las que podemos sentirnos agradecidos (una ducha caliente, unas sábanas limpias sobre las que dormir, una agradable conversación...). Son temas sobre los que no están/estamos acostumbrados a valorar tal vez, por lo simple que nos resulta. Por mi parte, quiero agradecer a todas las personas participantes de la charla y a mis compañeras de Ampicapacho porque siempre que asisto a esta cita tan especial me llevo gratos recuerdos y un valioso aprendizaje. Todo un lujo de trabajo en equipo.
jueves, 11 de mayo de 2017
TERTULIA DE RECREO: MAYO
El próximo miércoles 17 de mayo, tenemos una cita con nuestro alumnado del IES El Picacho. Esta vez, hemos escogido una historia muy bonita basada en hechos reales protagonizada por Gandhi. Con este corto, invitaremos a nuestros chavales a reflexionar sobre todas las cosas materiales que acumulamos inútilmente y sobre el gozo que produce no el hecho de dar algo en sí, sino de darnos a nosotros mismos,(nuestro tiempo, nuestras experiencias...). Os esperamos en la biblioteca escolar en horario habitual de recreo.
EL DAR
Entonces, un hombre rico dijo: Háblanos del dar.
Y él contestó:
Dais muy poca cosa cuando dais de lo que poseéis.
Cuando dais algo de vosotros mismos es cuando realmente dais.
¿Qué son vuestras posesiones sino cosas que atesoráis por miedo a necesitarlas mañana?
Y mañana, ¿qué traerá el mañana al perro que, demasiado previsor, entierra huesos en la arena sin dejar huellas mientras sigue a los peregrinos hacia la ciudad santa? ¿Y qué es el miedo a la necesidad sino la necesidad misma?
¿No es, en realidad, el miedo a la sed, cuando el manantial está lleno, la sed inextinguible?
Hay quienes dan poco de lo mucho que tienen. Lo dan buscando el reconocimiento y su deseo oculto malogra sus regalos.
Y hay quienes tienen poco y lo dan todo.
Son éstos los creyentes en la vida y en la magnificencia de la vida y su cofre nunca está vacío.
Hay quienes dan con alegría y esa alegría es su premio. Y hay quienes dan con dolor y ese dolor es su bautismo.
Y hay quienes dan y no saben del dolor de dar, ni buscan la alegría de dar, ni dan conscientes de la virtud de dar.
Dan como , en el hondo valle, da el mirto su fragancia al espacio.
A través de las manos de los que como ésos son, Dios habla y, desde el fondo de sus ojos, Él sonríe sobre la tierra.
Es bueno dar algo cuando ha sido pedido, pero es mejor dar sin demanda, comprendiendo.
Y, para la mano abierta, la búsqueda de aquel que recibirá es mayor goce que el dar mismo.
¿Y hay algo, acaso, que podáis guardar? Todo lo que tenéis será dado algún día.
Dad, pues, ahora que la estación es vuestra y no de vuestros herederos.
Decís a menudo: "Daría, pero sólo al que lo mereciera".
Los árboles en vuestro huerto no dicen así, ni lo dicen los rebaños en vuestra pradera.
Ellos dan para vivir, ya que guardar es perecer. Todo aquel que merece recibir sus días y sus noches, merece, seguramente, de vosotros todo lo demás.
Y aquel que mereció beber el océano de la vida, merece llenar su copa en vuestro pequeño arroyo.
¿Y cuál es el mérito mayor que el de aquel que da el valor y la confianza -no la caridad- del recibir?
¿Y quiénes sois vosotros para que los hombres os muestren su seno y s descubran su orgullo sin confusión?
Mirad primero si vosotros mismos merecéis dar y ser un instrumento del dar.
Porque, en verdad, es la vida la que da a la vida, mientras que vosotros, que os creéis dadores, no sois sino testigos.
Y vosotros, los que recibís -y todos vosotros sois de ellos-, no asumáis el peso de la gratitud, si no queréis colocar un yugo sobre vosotros y sobre quien os da. Elevaros, más bien, con el dador en su dar como en unas alas.
Porque exagerar vuestra deuda es dudar de su generosidad, que tiene el libre corazón de la tierra como madre y a Dios como padre.
Fragmento correspondiente a "El profeta" Khalil Gibrán
EL DAR
Entonces, un hombre rico dijo: Háblanos del dar.
Y él contestó:
Dais muy poca cosa cuando dais de lo que poseéis.
Cuando dais algo de vosotros mismos es cuando realmente dais.
¿Qué son vuestras posesiones sino cosas que atesoráis por miedo a necesitarlas mañana?
Y mañana, ¿qué traerá el mañana al perro que, demasiado previsor, entierra huesos en la arena sin dejar huellas mientras sigue a los peregrinos hacia la ciudad santa? ¿Y qué es el miedo a la necesidad sino la necesidad misma?
¿No es, en realidad, el miedo a la sed, cuando el manantial está lleno, la sed inextinguible?
Hay quienes dan poco de lo mucho que tienen. Lo dan buscando el reconocimiento y su deseo oculto malogra sus regalos.
Y hay quienes tienen poco y lo dan todo.
Son éstos los creyentes en la vida y en la magnificencia de la vida y su cofre nunca está vacío.
Hay quienes dan con alegría y esa alegría es su premio. Y hay quienes dan con dolor y ese dolor es su bautismo.
Y hay quienes dan y no saben del dolor de dar, ni buscan la alegría de dar, ni dan conscientes de la virtud de dar.
Dan como , en el hondo valle, da el mirto su fragancia al espacio.
A través de las manos de los que como ésos son, Dios habla y, desde el fondo de sus ojos, Él sonríe sobre la tierra.
Es bueno dar algo cuando ha sido pedido, pero es mejor dar sin demanda, comprendiendo.
Y, para la mano abierta, la búsqueda de aquel que recibirá es mayor goce que el dar mismo.
¿Y hay algo, acaso, que podáis guardar? Todo lo que tenéis será dado algún día.
Dad, pues, ahora que la estación es vuestra y no de vuestros herederos.
Decís a menudo: "Daría, pero sólo al que lo mereciera".
Los árboles en vuestro huerto no dicen así, ni lo dicen los rebaños en vuestra pradera.
Ellos dan para vivir, ya que guardar es perecer. Todo aquel que merece recibir sus días y sus noches, merece, seguramente, de vosotros todo lo demás.
Y aquel que mereció beber el océano de la vida, merece llenar su copa en vuestro pequeño arroyo.
¿Y cuál es el mérito mayor que el de aquel que da el valor y la confianza -no la caridad- del recibir?
¿Y quiénes sois vosotros para que los hombres os muestren su seno y s descubran su orgullo sin confusión?
Mirad primero si vosotros mismos merecéis dar y ser un instrumento del dar.
Porque, en verdad, es la vida la que da a la vida, mientras que vosotros, que os creéis dadores, no sois sino testigos.
Y vosotros, los que recibís -y todos vosotros sois de ellos-, no asumáis el peso de la gratitud, si no queréis colocar un yugo sobre vosotros y sobre quien os da. Elevaros, más bien, con el dador en su dar como en unas alas.
Porque exagerar vuestra deuda es dudar de su generosidad, que tiene el libre corazón de la tierra como madre y a Dios como padre.
Fragmento correspondiente a "El profeta" Khalil Gibrán
martes, 2 de mayo de 2017
PERSONAS-LIBRO
El próximo jueves 4 de mayo a partir de las 10 de la mañana, el alumnado de los centros IES y CEIP El Picacho, y CEIP Albaicín, nos regalarán literatura a todas las personas que pasemos por el centro de nuestra ciudad con la actividad "Personas-libro". Emulando la trama de la famosa obra de Ray Bradbury,"Farenheit 451", los chicos y chicas de los mencionados centros representarán obras, recitarán poesías o fragmentos de varios autores, entre los que se encuentra la gran Gloria Fuertes a quien también nosotros hemos querido recordar con mucho cariño. Desde este espacio de nuestra biblioteca, invitamos a toda la ciudadanía a participar de esta novedosa actividad, al menos en nuestra ciudad.
jueves, 27 de abril de 2017
CUENTO DE EL HEPTAMERÓN
Hoy os voy a hablar de Margarita de Navarra. Margarita fue una noble francesa, una mujer muy avanzada de su tiempo. Apreciada por su carácter abierto, su cultura y por haber hecho de su corte un brillante centro del humanismo. Como escritora su obra más conocida es el Heptamerón, siguiendo el modelos del Decamerón de Bocaccio pero invirtiendo los papeles de hombres y mujeres, ya que en la obra de Margarita, son las mujeres quienes ridiculizan a los hombres. El cuento que os traigo hoy es: Una bella y joven dama que comprobó la fe.
UNA BELLA Y JOVEN DAMA QUE COMPROBÓ LA FE
En una de las mejores villas del reino de Francia, había un señor de rancio abolengo que asistía a las enseñanzas de los maestros del saber, deseando llegar a averiguar cómo adquieren virtud y honor los hombres honestos: Y llegó a ser tan sabio que a la edad de diecisiete o dieciocho años era ejemplo y doctrina para los demás. Mas, después de sus lecciones, el amor no dejó de cantarle la suya, y para ser mejor oído y recibido se ocultó tras los ojos y el rostro de la dama más bella del país, que no se sabe por qué razón había llegado a la villa. Pero antes que el amor intentara vencer al hidalgo por la belleza de esta dama, ya ganara el corazón de ella, al ver las perfecciones que se daban en el caballero; porque en galanura, gracia, buen sentido y donoso hablar, no había nadie, de cualquier condición, que le aventajara. Vuesas mercedes, que saben el pronto camino que hace ese fuego cuando prende uno de los cabos del corazón y de la fantasía, comprenderéis que el amor no encontró obstáculo en dos tan perfectas personas, y los sujetó a su yugo y los inundó plenamente de tan clara luz que su pensamiento, voluntad y lenguaje no eran otra cosa que reflejo de este amor, lo que dado su juventud, aunque él engendraba temor, le hacía insistir en su asunto lo más dulcemente posible. Pero quien ya estaba vencida por el amor no tenía necesidad de fuerza; sin embargo, dado el pudor propio de las damas, ella se guardaba de mostrarlo todo lo que podía.
Bien es cierto, que, al fin, la fortaleza de su corazón, donde el amor reside, fue arruinada de tal suerte que la pobre dama accedió a lo que ya estaba ella de acuerdo. Mas, para comprobar la paciencia, firmeza y amor de su galán, le concedió lo que pedía imponiéndole una difícil condición, encareciéndole que, si cumplía, ella lo amaría a la perfección, mas que si le fallaba, no volvería a verla en su vida: consistía en que ella se sentiría muy gustosa de hablar con él en la misma cama, acostados los dos con sus camisas de dormir, pero que no le pidiera nada más, como no fuera hablar y, todo lo más, besarla. Él, que pensaba que no había alegría semejante a aquella que se le prometía, accedió; y, llegada la noche, la promesa fue cumplida, de suerte que, a pesar de las caricias que ella le hizo y de lo que él hubo de contenerse, no quiso faltar a su juramento. Y aunque estimaba que esta condición no era inferior a las penas del purgatorio, tan grande fue su amor y tan fuerte su esperanza, que sintiéndose seguro de la eterna continuidad del amor que con tantas fatigas había alcanzado, conservó su paciencia y se levantó de su lado sin haber querido en ningún momento causarle ningún disgusto.
A lo que yo creo, la dama, más maravillada que contenta de tanta bondad, sospechó incontinente que su amor no era tan grande como ella pensaba, o que él no había encontrado en ella tantos dones como pensó, y ya no guardó consideración a su gran honestidad, paciencia y respeto a un juramento. Así que decidió hacer todavía otra prueba para comprobar el amor que él le profesaba, con una muchachita que tenía a su cargo, más joven que ella y más bella, a fin de que los que lo vieran en su casa con tanta frecuencia pensasen que iba tras la joven y no en pos de ella.
El joven caballero, que pensaba ser amado tanto como él amaba, obedeció enteramente lo que se le mandó y se obligó, por amor a ella, a hacer el amor a la muchacha; la cual, viéndole tan bello y bien decidor creyó sus mentiras como no hubiera creído sus verdades y lo amó tanto como si hubiera sido bien amada por él. Y cuando la señora vio que las cosas iban adelante y que el caballero no cesaba a cada momento de instarla a cumplir su promesa, le concedió que viniera a verla una hora después de medianoche, diciéndole que había comprobado el amor y la obediencia que él le profesaba y que era razón de que fuera recompensado por su gran paciencia.
Ni que decir tiene que la alegría que recibió este fiel servidor, que no dejó de acudir a la hora señalada. Pero la dama, para medir la fuerza de su amor, dijo a su hermosa doncella:
-Bien sé el amor que cierto caballero os tiene, y creo que vuestra pasión no es menor que la de él; me inspiráis tal piedad los dos que he decidido daros lugar y momento de hablar cómodamente juntos y a vuestras anchas.
La doncella se sintió tan transportada de alegría que no supo enmascarar su afecto, diciéndole que por su parte no fallaría y, obediente a su consejo, se desnudó y se acostó sola en un gran lecho que había en su habitación, cuya puerta dejó la dama abierta, encendiendo luces para que su claridad dejara ver más fácilmente la belleza de la joven. Y, fingiendo irse, se ocultó cerca del lecho donde no se la podía ver. Su infeliz enamorado, creyendo encontrarla tal como ella prometiera, no faltó a la hora prometida, entrando en la habitación lo más suavemente que pudo; y después que cerrara la puerta y se hubo desnudado y quitado sus borceguíes forrados, fue a meterse en el lecho, donde pensaba encontrar a la que deseaba, y apenas alargó los brazos para abrazar a la que imaginaba su dama, cuando la infeliz muchacha, que creía que el caballero le pertenecía por entero, le echó los suyos al cuello al tiempo que le decía palabras tan cariñosas y con rostro tan amantísimo, que cualquiera que no fuera un eremita hubiera perdido el " paternos ter".
Mas cuando la reconoció, tanto por la vista como por el oído, el amor que con tanta diligencia lo llevara a acostarse, aún más aprisa lo hizo levantar, al ver que no se trataba de aquella por la que tanto había sufrido; y mostrando tanto despecho hacia la señora como hacía la doncella, dijo la muchacha:
-Ni vuestra locura, ni la de quien con malicia aquí os colocó, podrían hacerme otro del que soy; poned empeño en ser mujer de bien que por mi culpa no perderéis vuestro buen nombre.
Y, al decir esto, furioso como no era posible más, salió de la habitación y estuvo largo tiempo sin volver a ver a su dama. Sin embargo, Amor, que jamás pierde la esperanza, le aseguraba que tanto más grande era la solidez de su amor, avalada por la experiencia, tanto más largo y feliz sería su goce. La dama, que oyera los términos en que se expresó, se sintió tan contenta y envanecida de ver la magnitud de su amor, que se le hizo largo el tiempo hasta el momento de volverle a ver para pedirle perdón por todos los sinsabores que le había hecho pasar. Y en cuanto pudo encontrarlo, se apresuró a alabarlo tanto por su honestidad y buenos propósitos que no solamente olvidó él todas sus penas, sino que incluso las dio por bien pasadas, dado que se habían tornado en gloria y en la seguridad perfecta de su amor, del que desde aquella fecha en adelante, sin impedimentos ni enfados, tuvo la entera posesión que podía desear.
UNA BELLA Y JOVEN DAMA QUE COMPROBÓ LA FE
En una de las mejores villas del reino de Francia, había un señor de rancio abolengo que asistía a las enseñanzas de los maestros del saber, deseando llegar a averiguar cómo adquieren virtud y honor los hombres honestos: Y llegó a ser tan sabio que a la edad de diecisiete o dieciocho años era ejemplo y doctrina para los demás. Mas, después de sus lecciones, el amor no dejó de cantarle la suya, y para ser mejor oído y recibido se ocultó tras los ojos y el rostro de la dama más bella del país, que no se sabe por qué razón había llegado a la villa. Pero antes que el amor intentara vencer al hidalgo por la belleza de esta dama, ya ganara el corazón de ella, al ver las perfecciones que se daban en el caballero; porque en galanura, gracia, buen sentido y donoso hablar, no había nadie, de cualquier condición, que le aventajara. Vuesas mercedes, que saben el pronto camino que hace ese fuego cuando prende uno de los cabos del corazón y de la fantasía, comprenderéis que el amor no encontró obstáculo en dos tan perfectas personas, y los sujetó a su yugo y los inundó plenamente de tan clara luz que su pensamiento, voluntad y lenguaje no eran otra cosa que reflejo de este amor, lo que dado su juventud, aunque él engendraba temor, le hacía insistir en su asunto lo más dulcemente posible. Pero quien ya estaba vencida por el amor no tenía necesidad de fuerza; sin embargo, dado el pudor propio de las damas, ella se guardaba de mostrarlo todo lo que podía.
Bien es cierto, que, al fin, la fortaleza de su corazón, donde el amor reside, fue arruinada de tal suerte que la pobre dama accedió a lo que ya estaba ella de acuerdo. Mas, para comprobar la paciencia, firmeza y amor de su galán, le concedió lo que pedía imponiéndole una difícil condición, encareciéndole que, si cumplía, ella lo amaría a la perfección, mas que si le fallaba, no volvería a verla en su vida: consistía en que ella se sentiría muy gustosa de hablar con él en la misma cama, acostados los dos con sus camisas de dormir, pero que no le pidiera nada más, como no fuera hablar y, todo lo más, besarla. Él, que pensaba que no había alegría semejante a aquella que se le prometía, accedió; y, llegada la noche, la promesa fue cumplida, de suerte que, a pesar de las caricias que ella le hizo y de lo que él hubo de contenerse, no quiso faltar a su juramento. Y aunque estimaba que esta condición no era inferior a las penas del purgatorio, tan grande fue su amor y tan fuerte su esperanza, que sintiéndose seguro de la eterna continuidad del amor que con tantas fatigas había alcanzado, conservó su paciencia y se levantó de su lado sin haber querido en ningún momento causarle ningún disgusto.
A lo que yo creo, la dama, más maravillada que contenta de tanta bondad, sospechó incontinente que su amor no era tan grande como ella pensaba, o que él no había encontrado en ella tantos dones como pensó, y ya no guardó consideración a su gran honestidad, paciencia y respeto a un juramento. Así que decidió hacer todavía otra prueba para comprobar el amor que él le profesaba, con una muchachita que tenía a su cargo, más joven que ella y más bella, a fin de que los que lo vieran en su casa con tanta frecuencia pensasen que iba tras la joven y no en pos de ella.
El joven caballero, que pensaba ser amado tanto como él amaba, obedeció enteramente lo que se le mandó y se obligó, por amor a ella, a hacer el amor a la muchacha; la cual, viéndole tan bello y bien decidor creyó sus mentiras como no hubiera creído sus verdades y lo amó tanto como si hubiera sido bien amada por él. Y cuando la señora vio que las cosas iban adelante y que el caballero no cesaba a cada momento de instarla a cumplir su promesa, le concedió que viniera a verla una hora después de medianoche, diciéndole que había comprobado el amor y la obediencia que él le profesaba y que era razón de que fuera recompensado por su gran paciencia.
Ni que decir tiene que la alegría que recibió este fiel servidor, que no dejó de acudir a la hora señalada. Pero la dama, para medir la fuerza de su amor, dijo a su hermosa doncella:
-Bien sé el amor que cierto caballero os tiene, y creo que vuestra pasión no es menor que la de él; me inspiráis tal piedad los dos que he decidido daros lugar y momento de hablar cómodamente juntos y a vuestras anchas.
La doncella se sintió tan transportada de alegría que no supo enmascarar su afecto, diciéndole que por su parte no fallaría y, obediente a su consejo, se desnudó y se acostó sola en un gran lecho que había en su habitación, cuya puerta dejó la dama abierta, encendiendo luces para que su claridad dejara ver más fácilmente la belleza de la joven. Y, fingiendo irse, se ocultó cerca del lecho donde no se la podía ver. Su infeliz enamorado, creyendo encontrarla tal como ella prometiera, no faltó a la hora prometida, entrando en la habitación lo más suavemente que pudo; y después que cerrara la puerta y se hubo desnudado y quitado sus borceguíes forrados, fue a meterse en el lecho, donde pensaba encontrar a la que deseaba, y apenas alargó los brazos para abrazar a la que imaginaba su dama, cuando la infeliz muchacha, que creía que el caballero le pertenecía por entero, le echó los suyos al cuello al tiempo que le decía palabras tan cariñosas y con rostro tan amantísimo, que cualquiera que no fuera un eremita hubiera perdido el " paternos ter".
Mas cuando la reconoció, tanto por la vista como por el oído, el amor que con tanta diligencia lo llevara a acostarse, aún más aprisa lo hizo levantar, al ver que no se trataba de aquella por la que tanto había sufrido; y mostrando tanto despecho hacia la señora como hacía la doncella, dijo la muchacha:
-Ni vuestra locura, ni la de quien con malicia aquí os colocó, podrían hacerme otro del que soy; poned empeño en ser mujer de bien que por mi culpa no perderéis vuestro buen nombre.
Y, al decir esto, furioso como no era posible más, salió de la habitación y estuvo largo tiempo sin volver a ver a su dama. Sin embargo, Amor, que jamás pierde la esperanza, le aseguraba que tanto más grande era la solidez de su amor, avalada por la experiencia, tanto más largo y feliz sería su goce. La dama, que oyera los términos en que se expresó, se sintió tan contenta y envanecida de ver la magnitud de su amor, que se le hizo largo el tiempo hasta el momento de volverle a ver para pedirle perdón por todos los sinsabores que le había hecho pasar. Y en cuanto pudo encontrarlo, se apresuró a alabarlo tanto por su honestidad y buenos propósitos que no solamente olvidó él todas sus penas, sino que incluso las dio por bien pasadas, dado que se habían tornado en gloria y en la seguridad perfecta de su amor, del que desde aquella fecha en adelante, sin impedimentos ni enfados, tuvo la entera posesión que podía desear.
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