jueves, 9 de febrero de 2017
PRÓXIMA TERTULIA DE RECREO: FEBRERO
El próximo martes 14 de febrero tendremos nuestra cita mensual con el alumnado del IES El Picacho. La propuesta, esta vez, parte de uno de nuestros alumnos habituales a esta actividad. La temática, estoy segura que dará mucho juego: ¿Quién nos corta las alas? Cuando nos atrevemos a ser la mejor versión de nosotros mismos, nos volvemos poderosos. Con los chicos y chicas que se den cita en la biblioteca escolar del centro en horario habitual de recreo, entablaremos una interesante conversación con "El circo de las mariposas" como hilo conductor. Os esperamos.
jueves, 2 de febrero de 2017
DESCUBRIENDO NUESTRO VERDADERO VALOR
Vivimos en una sociedad en la que priman los aspectos visuales. Hay un determinado canon de belleza que nos deslumbra y nos ciega, nos amarga por inalcanzable, dejando de lado otros aspectos que, bajo mi punto de vista considero fundamentales. Puede que suene consolador, pero prefiero la magia de las palabras; una conversación interesante a "una cara bonita". Como decía Antoine de Saint-Exupéry en su obra El Principito, "Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos". Y es por todo lo expuesto que creo que no descubrimos nuestro verdadero valor, porque nos dejamos llevar siempre por las apariencias.
Hoy os traigo una lectura para todas aquellas personas que estáis leyendo esto y aún no habéis reconocido vuestro verdadero valor. Espero que os guste.
LA HISTORIA DE NÁCAR
Hubo una época en que los barcos que recorrían el Mediterráneo ida y vuelta desde Cádiz hasta Estambul, se detenían en los puertos de las islas. Allí, mientras los cargueros descargaban sus mercaderías y se aprovisionaban de todo lo necesario para seguir su viaje, los marineros repetían el mismo ritual. Recibían su paga y corrían a la taberna para gastarse hasta el último centavo en vino y mujeres. Y cuando el dinero se acababa, dos o tres días después, los marineros volvían al barco, saturados de alcohol y borrachos de sexo o al revés, para dormir hasta que el carguero volviera a hacerse a la mar.
Un pescador me contó que un día dos marineros cruzaban el viejo puente de madera construido sobre el río, camino a la taberna. Su barco había entrado en el puerto muy temprano esa mañana y la mayoría de sus compañeros se habían adelantado, colgándose, literalmente, de los camiones de transporte para ser llevados al pueblo.
De pronto, el más joven de los dos amigos se quedó mirando por encima de la barandilla, hacia la costa del río.
-¿Qué haces? Vamos...Ven aquí- dijo el otro marinero
-Mira...¿No te parece hermosa? Su amigo miró hacia abajo y vio a una campesina que lavaba la ropa a orillas del río. Pensó que no se refería a ella, jamás usaría la palabra hermosa para describirla, sobre todo porque, dada su edad, su costumbre y su intención. cualquier mujer que aparentara tener más de veinticinco años era una vieja.
-¿ De quién hablas?
-De esa mujer... La que lava la ropa. ¿No la ves?
-Sí la veo. Pero no entiendo qué le ves de hermosa. Mira, en la taberna nos esperan decenas de mujeres mucho más jóvenes, mucho más guapas y, con toda seguridad, con mucho más deseo de complacernos que ella. Vamos date prisa.
-No- dijo el más joven-, tengo que hablar con ella... Sigue tú, te veré en la taberna.
Dicho eso, empezó a caminar hacia abajo, por el sendero que llevaba al río.
-No tardes demasiado...-le gritó su amigo saludándolo desde lejos, y siguió su camino hacia el pueblo, sonriendo, mientras movía su cabeza de un lado a otro negando con el gesto lo que había pasado.
El marinero se acercó hasta la orilla y, en silencio, se sentó en el césped, a unos pocos metros por detrás de la joven, sin atreverse apenas a hablarle. La muchacha siguió durante más de media hora con su trabajo y luego se puso de pie, seguramente para volver a su casa cargando la cesa de la ropa ya limpia.
-¿Me permites que te ayude?-preguntó el joven, insinuando el gesto de llevarle la cesta.
-¿Por qué?- respondió ella-
-Porque quiero- dijo él.
-¿Por qué? repitió ella.
-Porque me gustaría caminar un rato a tu lado- dijo él con sinceridad.
-Tú no eres de aquí. Vivimos en un pueblo muy pequeño y aquí no se supone que una mujer soltera pueda caminar acompañada por un extraño.
-Entonces... déjame llevar la cesta para conocerte y que me conozcas.
Por toda respuesta, la muchacha sonrió y empezó a caminar hacia el pueblo.
-¿Cómo te llamas?- se atrevió a preguntar él, después de diez minutos de marcha.
-Nácar- dijo ella, sin pensar si debía o no contestar.
-Nácar...- repitió él, y luego agregó- Eres tan hermosa como tu nombre.
Tres horas después el muchachito entraba en la taberna y buscaba a su amigo entre el mar de gente y la nube de humo espeso que llenaba el tugurio. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio que su amigo gesticulaba ampulosamente desde un rincón pidiéndole que se acercara. Dos hermosas mujeres casi colgaban de su cuello riendo con él, un poco como consecuencia del alcohol que a esas alturas debía de estar alcanzando ya elevadas concentraciones en la sangre de los tres.
-Si llegas a tardar un poco más, te quedas sin probar el vino- le dijo cuando lo tuvo cerca. Y luego, mirando a una de las mujeres que lo acompañaban, agregó- Sirve un poco de vino a mi amigo, por favor...
-Escúchame... -dijo el joven-,necesito tu ayuda.
-Claro, hombre. Yo pago.
-No me entiendes. Me quiero casar.
-Ah. Yo también. ¿Tú prefieres a la morena o a la pelirroja?
El más joven sacudió a su amigo suavemente para llamar su atención y conseguir que su mente venciera al vino y pudiera prestarle atención.
- Pretendo casarme con Nácar, la muchacha que vimos hoy desde el puente. Y necesito tu ayuda.
-Creo que estuviste demasiado tiempo navegando- dijo su amigo, entendiendo que el jovencito hablaba en serio.
-Es muy común entre los novatos como tú. Después de pasar más de tres semanas a bordo, pisan tierra y se enamoran de la primera mujer que ven. Yo lo entiendo y lo he vivido, pero decidir casarse por eso es una locura...
-Puede ser, pero la vida es, en sí, una locura. El amor es una locura y la felicidad también lo es. Yo no quiero que me juzgues, amigo mío, quiero que me ayudes.
La tarde caía cuando los dos marineros, con su uniforme de ceremonias, llamaban a la puerta de la casa donde vivía Nácar. El ritual de la isla decía que el pretendiente debía concurrir a casa de la novia con su padrino de bodas para pedirle al padre la mano de su hija. Éste pediría una dote, como era la costumbre y, si había acuerdo, se establecería en ese momento la fecha de la boda.
-¿Estás seguro de lo que haces?- preguntó el improvisado padrino.
-Más que de ninguna otra cosa- dijo el pretendiente-.
Finalmente, el dueño de la casa apareció. El que apadrinaba se adelantó y le dijo, parsimonioso:
-Mi amigo me ha pedido que le acompañe para pedirle a su hija en matrimonio.
-Ah... Su amigo es muy afortunado de pretender casarse con una de mis hijas. Supongo que venís a por Anna. Ella es realmente una joya única. Nosotros... A pesar de que apenas tiene dieciocho. es ya toda una mujer-siguió diciendo el hombre sin escuchar a su interlocutor.-Siempre supimos que sería la primera en dejarnos. No sólo es bellisima, sino también hacendosa, sensual y muy saludable. Nunca estuvo enferma... Como comprenderás, nos costará mucho dejarla ir con su amigo, pero veo que sois gente buena... Te la daré por el valor de veinte vacas.
-Es que...
-No, no. Ni una menos. Ella lo vale.
-Yo lo entiendo. dijo el amigo del novio-, pero no es Anna la novia pretendida
-Oh... Qué agradable sorpresa- dijo el hombre-. Yo creía que ya no quedaban jóvenes que valoraban la inteligencia. Rubí es la más inteligente de las tres. Si bien se puede decir que no tiene el cuerpo perfecto de su hermana menor, lo compensa con una mente brillante. Una sagaz compañera y una amiga fiel. No dudo de que será una excelente madre. Por ser vosotros, os la puedo dar por trece vacas. Y no lo dudes, es muy buen precio.
-Se lo agradezco mucho señor, pero a quien mi amigo pretende pedir en matrimonio es a su hija Nácar.
Aunque trató de disimularlo, un rictus de sorpresa y de incredulidad pasó por el rostro del jefe de la familia.
-Nácar-balbuceó-. Claro...Nácar. Sí. Nácar, me parece... me parece...-el hombre trataba de encontrar una palabra que no conseguía hallar-¡Maravilloso!- dijo al fin-. Sólo un hombre inteligente y bondadoso puede ver la belleza oculta en una mujer. Ciertamente tiene mucho que aprender, pero también tiene una gran disposición. Es una buena oportunidad para conseguir una buena esposa a buen precio. Considerando que es la mayor, te la daré por el valor de siete vacas... Bueno, quizá seis... pero no por menos.
-Señor- dijo en ese momento el pretendiente-, permítame que le confirme en persona mi decisión de casarme con su hija Nácar. Sólo quiero poner una condición con respecto al precio.
-No abuses de tu futuro suegro, querido joven. El pequeño tema de su cojera es un asunto sin importancia... No se puede conseguir nada por ese precio en esta isla.
-Justamente por eso- dijo el joven- quisiera tomarla como esposa; pero quiero pagar por ella el equivalente a veinte vacas, como pides por la mejor de tus hijas, y no solamente seis.
-¿Qué dices?
-¿Estas loco?- dijo su amigo tratando de frenar su estupidez-. Dijo que te la daría por seis. Además cojea. ¿Por qué quieres pagar por ella más de lo que vale?
-Porque no creo que ella valga menos que su bella y joven hermana.
-Trato hecho. Veinte vacas- se apresuró a decir el padre. Y añadió, quizá temiendo un arrepentimiento-:¡Pero que la boda sea lo antes posible!
Así, los amigos se separaron. Uno de ellos volvió al barco y el otro se quedó en la isla.
Pasaron cinco años antes de que el destino volviera a traer al marinero al mismo puerto, pero apenas llegó, no pudo pensar en otra cosa que en su joven amigo. ¿Qué habría sido de él? ¿Cuánto habría durado su matrimonio? ¿Estaría aún en la isla? Preguntando por aquí y por allá, por aquel joven marinero que alguna vez se había casado con la hija del isleño, le dijeron que ahora vivía en una casa muy humilde que se había construido con sus propias manos, muy cerca de la cima de la montaña. Subiendo por el camino del oeste llegaría, después de media hora de marcha, a casa de su amigo. Su estado físico le habría permitido llegar antes, pero lo detuvo un extraña procesión con la que se cruzó al empezar a subir la cuesta. Decenas de hombres y mujeres bajaban al pueblo. Llevaban en hombros a una bellísima mujer a la que permanentemente le tiraban pétalos de flores, le cantaban y adulaban. Ella, mientras tanto, parecía irradiar luz: de hecho, sólo con pasar a su lado se sintió mejor. Sonriendo a todos la hermosa mujer saludaba alargando la mano una y otra vez a los que se acercaban a tocarlas. Tuvo que resistir la tentación de ir tras ellos y sumarse al extraño ritual; pero finalmente llegó a la casa que le habían indicado. Todo parecía tan cuidado y ordenado que el marinero pensó por primera vez que quizá debería empezar a pensar en sentar la cabeza. Golpeó la puerta y su viejo camarada abrió enseguida.
-Querido amigo...-le dijo al verlo-.¡Qué sorpresa verte por aquí!¿Cuándo habéis echado el ancla?
-Esta mañana... He venido apenas he desembarcado para saber de ti. ¿Cómo estás? Cuánto me alegra... ¿Y tu esposa?- casi tenía miedo de preguntar.
-Ah, qué pena me da que no esté aquí. Hoy es su cumpleaños y la gente del pueblo la vino a buscar para agasajarla; la quieren tanto... La tratan como si fuera una santa. Debes de haberte cruzado con ellos al subir...
-Ah... Sí, claro.¿Cómo iba a saber que era ella? Ni siquiera sabía que te volviste a casar.
-¿Yo, volverme a casar?¿Qué dices? Sigo casado con Nácar, la joven cuya mano pediste para mí.
-¿Pero no dices que es la mujer que llevaban en andas hacia el pueblo? Esa no podía ser ella...
-¿Cómo que no podía?
-Perdona, amigo mío, yo la conocí. Nácar era una mujer que aparentaba hace cinco años mucha más edad que la joven de la procesión. Además, ésta era bellísima y tu esposa... Perdona que te lo diga pero no era...
-No, no era... como es. Pero se ha vuelto así como la viste.
-Pero...¿cómo puede ser?
-Pues no lo sé... Quizá se deba a la dote...
-¿Cómo dices?... No te entiendo
-Yo pagué por ella una dote de veinte vacas, el precio que se pagaba por la más hermosa, tierna y maravillosa de las mujeres. La traté siempre como una mujer de veinte vacas y la ayudé a que supiese que así era. Tal vez eso la empujó a convertirse en la fantástica y bella mujer que hoy es.
Hoy os traigo una lectura para todas aquellas personas que estáis leyendo esto y aún no habéis reconocido vuestro verdadero valor. Espero que os guste.
LA HISTORIA DE NÁCAR
Hubo una época en que los barcos que recorrían el Mediterráneo ida y vuelta desde Cádiz hasta Estambul, se detenían en los puertos de las islas. Allí, mientras los cargueros descargaban sus mercaderías y se aprovisionaban de todo lo necesario para seguir su viaje, los marineros repetían el mismo ritual. Recibían su paga y corrían a la taberna para gastarse hasta el último centavo en vino y mujeres. Y cuando el dinero se acababa, dos o tres días después, los marineros volvían al barco, saturados de alcohol y borrachos de sexo o al revés, para dormir hasta que el carguero volviera a hacerse a la mar.
Un pescador me contó que un día dos marineros cruzaban el viejo puente de madera construido sobre el río, camino a la taberna. Su barco había entrado en el puerto muy temprano esa mañana y la mayoría de sus compañeros se habían adelantado, colgándose, literalmente, de los camiones de transporte para ser llevados al pueblo.
De pronto, el más joven de los dos amigos se quedó mirando por encima de la barandilla, hacia la costa del río.
-¿Qué haces? Vamos...Ven aquí- dijo el otro marinero
-Mira...¿No te parece hermosa? Su amigo miró hacia abajo y vio a una campesina que lavaba la ropa a orillas del río. Pensó que no se refería a ella, jamás usaría la palabra hermosa para describirla, sobre todo porque, dada su edad, su costumbre y su intención. cualquier mujer que aparentara tener más de veinticinco años era una vieja.
-¿ De quién hablas?
-De esa mujer... La que lava la ropa. ¿No la ves?
-Sí la veo. Pero no entiendo qué le ves de hermosa. Mira, en la taberna nos esperan decenas de mujeres mucho más jóvenes, mucho más guapas y, con toda seguridad, con mucho más deseo de complacernos que ella. Vamos date prisa.
-No- dijo el más joven-, tengo que hablar con ella... Sigue tú, te veré en la taberna.
Dicho eso, empezó a caminar hacia abajo, por el sendero que llevaba al río.
-No tardes demasiado...-le gritó su amigo saludándolo desde lejos, y siguió su camino hacia el pueblo, sonriendo, mientras movía su cabeza de un lado a otro negando con el gesto lo que había pasado.
El marinero se acercó hasta la orilla y, en silencio, se sentó en el césped, a unos pocos metros por detrás de la joven, sin atreverse apenas a hablarle. La muchacha siguió durante más de media hora con su trabajo y luego se puso de pie, seguramente para volver a su casa cargando la cesa de la ropa ya limpia.
-¿Me permites que te ayude?-preguntó el joven, insinuando el gesto de llevarle la cesta.
-¿Por qué?- respondió ella-
-Porque quiero- dijo él.
-¿Por qué? repitió ella.
-Porque me gustaría caminar un rato a tu lado- dijo él con sinceridad.
-Tú no eres de aquí. Vivimos en un pueblo muy pequeño y aquí no se supone que una mujer soltera pueda caminar acompañada por un extraño.
-Entonces... déjame llevar la cesta para conocerte y que me conozcas.
Por toda respuesta, la muchacha sonrió y empezó a caminar hacia el pueblo.
-¿Cómo te llamas?- se atrevió a preguntar él, después de diez minutos de marcha.
-Nácar- dijo ella, sin pensar si debía o no contestar.
-Nácar...- repitió él, y luego agregó- Eres tan hermosa como tu nombre.
Tres horas después el muchachito entraba en la taberna y buscaba a su amigo entre el mar de gente y la nube de humo espeso que llenaba el tugurio. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio que su amigo gesticulaba ampulosamente desde un rincón pidiéndole que se acercara. Dos hermosas mujeres casi colgaban de su cuello riendo con él, un poco como consecuencia del alcohol que a esas alturas debía de estar alcanzando ya elevadas concentraciones en la sangre de los tres.
-Si llegas a tardar un poco más, te quedas sin probar el vino- le dijo cuando lo tuvo cerca. Y luego, mirando a una de las mujeres que lo acompañaban, agregó- Sirve un poco de vino a mi amigo, por favor...
-Escúchame... -dijo el joven-,necesito tu ayuda.
-Claro, hombre. Yo pago.
-No me entiendes. Me quiero casar.
-Ah. Yo también. ¿Tú prefieres a la morena o a la pelirroja?
El más joven sacudió a su amigo suavemente para llamar su atención y conseguir que su mente venciera al vino y pudiera prestarle atención.
- Pretendo casarme con Nácar, la muchacha que vimos hoy desde el puente. Y necesito tu ayuda.
-Creo que estuviste demasiado tiempo navegando- dijo su amigo, entendiendo que el jovencito hablaba en serio.
-Es muy común entre los novatos como tú. Después de pasar más de tres semanas a bordo, pisan tierra y se enamoran de la primera mujer que ven. Yo lo entiendo y lo he vivido, pero decidir casarse por eso es una locura...
-Puede ser, pero la vida es, en sí, una locura. El amor es una locura y la felicidad también lo es. Yo no quiero que me juzgues, amigo mío, quiero que me ayudes.
La tarde caía cuando los dos marineros, con su uniforme de ceremonias, llamaban a la puerta de la casa donde vivía Nácar. El ritual de la isla decía que el pretendiente debía concurrir a casa de la novia con su padrino de bodas para pedirle al padre la mano de su hija. Éste pediría una dote, como era la costumbre y, si había acuerdo, se establecería en ese momento la fecha de la boda.
-¿Estás seguro de lo que haces?- preguntó el improvisado padrino.
-Más que de ninguna otra cosa- dijo el pretendiente-.
Finalmente, el dueño de la casa apareció. El que apadrinaba se adelantó y le dijo, parsimonioso:
-Mi amigo me ha pedido que le acompañe para pedirle a su hija en matrimonio.
-Ah... Su amigo es muy afortunado de pretender casarse con una de mis hijas. Supongo que venís a por Anna. Ella es realmente una joya única. Nosotros... A pesar de que apenas tiene dieciocho. es ya toda una mujer-siguió diciendo el hombre sin escuchar a su interlocutor.-Siempre supimos que sería la primera en dejarnos. No sólo es bellisima, sino también hacendosa, sensual y muy saludable. Nunca estuvo enferma... Como comprenderás, nos costará mucho dejarla ir con su amigo, pero veo que sois gente buena... Te la daré por el valor de veinte vacas.
-Es que...
-No, no. Ni una menos. Ella lo vale.
-Yo lo entiendo. dijo el amigo del novio-, pero no es Anna la novia pretendida
-Oh... Qué agradable sorpresa- dijo el hombre-. Yo creía que ya no quedaban jóvenes que valoraban la inteligencia. Rubí es la más inteligente de las tres. Si bien se puede decir que no tiene el cuerpo perfecto de su hermana menor, lo compensa con una mente brillante. Una sagaz compañera y una amiga fiel. No dudo de que será una excelente madre. Por ser vosotros, os la puedo dar por trece vacas. Y no lo dudes, es muy buen precio.
-Se lo agradezco mucho señor, pero a quien mi amigo pretende pedir en matrimonio es a su hija Nácar.
Aunque trató de disimularlo, un rictus de sorpresa y de incredulidad pasó por el rostro del jefe de la familia.
-Nácar-balbuceó-. Claro...Nácar. Sí. Nácar, me parece... me parece...-el hombre trataba de encontrar una palabra que no conseguía hallar-¡Maravilloso!- dijo al fin-. Sólo un hombre inteligente y bondadoso puede ver la belleza oculta en una mujer. Ciertamente tiene mucho que aprender, pero también tiene una gran disposición. Es una buena oportunidad para conseguir una buena esposa a buen precio. Considerando que es la mayor, te la daré por el valor de siete vacas... Bueno, quizá seis... pero no por menos.
-Señor- dijo en ese momento el pretendiente-, permítame que le confirme en persona mi decisión de casarme con su hija Nácar. Sólo quiero poner una condición con respecto al precio.
-No abuses de tu futuro suegro, querido joven. El pequeño tema de su cojera es un asunto sin importancia... No se puede conseguir nada por ese precio en esta isla.
-Justamente por eso- dijo el joven- quisiera tomarla como esposa; pero quiero pagar por ella el equivalente a veinte vacas, como pides por la mejor de tus hijas, y no solamente seis.
-¿Qué dices?
-¿Estas loco?- dijo su amigo tratando de frenar su estupidez-. Dijo que te la daría por seis. Además cojea. ¿Por qué quieres pagar por ella más de lo que vale?
-Porque no creo que ella valga menos que su bella y joven hermana.
-Trato hecho. Veinte vacas- se apresuró a decir el padre. Y añadió, quizá temiendo un arrepentimiento-:¡Pero que la boda sea lo antes posible!
Así, los amigos se separaron. Uno de ellos volvió al barco y el otro se quedó en la isla.
Pasaron cinco años antes de que el destino volviera a traer al marinero al mismo puerto, pero apenas llegó, no pudo pensar en otra cosa que en su joven amigo. ¿Qué habría sido de él? ¿Cuánto habría durado su matrimonio? ¿Estaría aún en la isla? Preguntando por aquí y por allá, por aquel joven marinero que alguna vez se había casado con la hija del isleño, le dijeron que ahora vivía en una casa muy humilde que se había construido con sus propias manos, muy cerca de la cima de la montaña. Subiendo por el camino del oeste llegaría, después de media hora de marcha, a casa de su amigo. Su estado físico le habría permitido llegar antes, pero lo detuvo un extraña procesión con la que se cruzó al empezar a subir la cuesta. Decenas de hombres y mujeres bajaban al pueblo. Llevaban en hombros a una bellísima mujer a la que permanentemente le tiraban pétalos de flores, le cantaban y adulaban. Ella, mientras tanto, parecía irradiar luz: de hecho, sólo con pasar a su lado se sintió mejor. Sonriendo a todos la hermosa mujer saludaba alargando la mano una y otra vez a los que se acercaban a tocarlas. Tuvo que resistir la tentación de ir tras ellos y sumarse al extraño ritual; pero finalmente llegó a la casa que le habían indicado. Todo parecía tan cuidado y ordenado que el marinero pensó por primera vez que quizá debería empezar a pensar en sentar la cabeza. Golpeó la puerta y su viejo camarada abrió enseguida.
-Querido amigo...-le dijo al verlo-.¡Qué sorpresa verte por aquí!¿Cuándo habéis echado el ancla?
-Esta mañana... He venido apenas he desembarcado para saber de ti. ¿Cómo estás? Cuánto me alegra... ¿Y tu esposa?- casi tenía miedo de preguntar.
-Ah, qué pena me da que no esté aquí. Hoy es su cumpleaños y la gente del pueblo la vino a buscar para agasajarla; la quieren tanto... La tratan como si fuera una santa. Debes de haberte cruzado con ellos al subir...
-Ah... Sí, claro.¿Cómo iba a saber que era ella? Ni siquiera sabía que te volviste a casar.
-¿Yo, volverme a casar?¿Qué dices? Sigo casado con Nácar, la joven cuya mano pediste para mí.
-¿Pero no dices que es la mujer que llevaban en andas hacia el pueblo? Esa no podía ser ella...
-¿Cómo que no podía?
-Perdona, amigo mío, yo la conocí. Nácar era una mujer que aparentaba hace cinco años mucha más edad que la joven de la procesión. Además, ésta era bellísima y tu esposa... Perdona que te lo diga pero no era...
-No, no era... como es. Pero se ha vuelto así como la viste.
-Pero...¿cómo puede ser?
-Pues no lo sé... Quizá se deba a la dote...
-¿Cómo dices?... No te entiendo
-Yo pagué por ella una dote de veinte vacas, el precio que se pagaba por la más hermosa, tierna y maravillosa de las mujeres. La traté siempre como una mujer de veinte vacas y la ayudé a que supiese que así era. Tal vez eso la empujó a convertirse en la fantástica y bella mujer que hoy es.
domingo, 29 de enero de 2017
EDUCANDO PARA LA PAZ, PREDICANDO CON EL EJEMPLO
Mañana día 30 de enero, conmemoramos en el IES El Picacho el Día Internacional de la Paz y No Violencia. Como viene siendo tradicional, se celebrará una gala en la que toda la comunidad educativa, se pronunciará a favor de la paz rechazando cualquier tipo de violencia.
Desde el punto de vista de las familias, me gustaría reflexionar sobre la responsabilidad que tenemos los padres y las madres como educadores en la paz.
La Biblioteca del IES El Picacho, hace su particular contribución con un texto, basado en hechos reales, que tenía guardado hace mucho tiempo. La historia la compartió en la escuela de familias un profesor a quién tengo un especial cariño, José Luis Castaño, a él quiero mostrar mi gratitud más profunda por compartir en nuestra escuela tanta sabiduría.
El Dr. Arun Gandhi, nieto de Mahatma Gandhi y fundador del instituto M.K. Gandhi para la Vida Sin Violencia en su lectura en la Universidad de Puerto Rico, compartió la siguiente historia como un ejemplo de la vida sin violencia en el ejemplo de sus padres.
"Yo tenía 16 años y estaba viviendo con mis padres en el instituto que mi abuelo había fundado a 18 millas en las afueras de la ciudad de Durban, en Sudáfrica, en medio de plantaciones de azúcar.
Vivíamos muy en el interior del país y no teníamos vecinos, así que a mis dos hermanas y a mí siempre nos entusiasmaba el poder ir a la ciudad a visitar a los amigos o para ir al cine.
Un día mi padre me pidió que le llevara a la ciudad para dar una conferencia que duraba todo el día y yo aproveché la oportunidad. Como iba a la ciudad mi madre me dio una lista de cosas que necesitaba del supermercado y como iba a pasar todo el día en la ciudad, mi padre me pidió que me hiciera cargo de algunas cosas que tenía pendientes, como llevar el coche al taller.
Cuando despedí a mi padre me dijo:
-Nos vemos aquí a las 5 de la tarde para volver a casa juntos.
Después de realizar todos los encargos, me fui hasta el cine más cercano. Me entusiasmé tanto con la película, una sesión doble de John Wayne, que me olvidé del tiempo. Eran las 5:30 cuando me acordé. Corrí al taller, conseguí el coche y me apresuré todo lo que pude para llegar hasta donde mi padre me estaba esperando. Eran casi las 6.
Él me preguntó con ansiedad:
-¿Por qué llegas tarde?
Me sentía mal por eso y no le podía decir que estuve viendo una película de John Wayne. Entonces le dije que el coche no estaba listo y tuve que esperar... esto le dije sin saber que mi padre ya había llamado al taller.
Cuando se dio cuenta que había mentido, me dijo:
-Algo no anda bien en la manera en que te he criado que no te he dado la confianza suficiente para decirme la verdad. Voy a reflexionar qué es lo que hice mal contigo. Voy a volver andando las 18 millas que hay hasta casa para pensar sobre esto.
Así que vestido con su traje y sus zapatos elegantes, empezó a caminar hasta casa por caminos que ni estaban asfaltados ni iluminados.
No lo podía dejar solo... así que yo conduje el coche durante 5 horas y media detrás de él... viendo a mi padre sufrir la agonía de una mentira estúpida que yo le había dicho.
Decidí en desde ese momento que jamás volvería a mentir.
Muchas veces me acuerdo de este episodio y pienso... ¿Si me hubiese castigado de la manera que nosotros castigamos a nuestros hijos... hubiese aprendido la lección? No, no lo creo. Hubiese sufrido el castigo y hubiese seguido haciendo lo mismo. Pero esta acción de no violencia fue tan fuerte que la tengo impresa en la memoria como si fuera ayer.
Este es el poder de la vida sin violencia"
Desde el punto de vista de las familias, me gustaría reflexionar sobre la responsabilidad que tenemos los padres y las madres como educadores en la paz.
La Biblioteca del IES El Picacho, hace su particular contribución con un texto, basado en hechos reales, que tenía guardado hace mucho tiempo. La historia la compartió en la escuela de familias un profesor a quién tengo un especial cariño, José Luis Castaño, a él quiero mostrar mi gratitud más profunda por compartir en nuestra escuela tanta sabiduría.
El Dr. Arun Gandhi, nieto de Mahatma Gandhi y fundador del instituto M.K. Gandhi para la Vida Sin Violencia en su lectura en la Universidad de Puerto Rico, compartió la siguiente historia como un ejemplo de la vida sin violencia en el ejemplo de sus padres.
"Yo tenía 16 años y estaba viviendo con mis padres en el instituto que mi abuelo había fundado a 18 millas en las afueras de la ciudad de Durban, en Sudáfrica, en medio de plantaciones de azúcar.
Vivíamos muy en el interior del país y no teníamos vecinos, así que a mis dos hermanas y a mí siempre nos entusiasmaba el poder ir a la ciudad a visitar a los amigos o para ir al cine.
Un día mi padre me pidió que le llevara a la ciudad para dar una conferencia que duraba todo el día y yo aproveché la oportunidad. Como iba a la ciudad mi madre me dio una lista de cosas que necesitaba del supermercado y como iba a pasar todo el día en la ciudad, mi padre me pidió que me hiciera cargo de algunas cosas que tenía pendientes, como llevar el coche al taller.
Cuando despedí a mi padre me dijo:
-Nos vemos aquí a las 5 de la tarde para volver a casa juntos.
Después de realizar todos los encargos, me fui hasta el cine más cercano. Me entusiasmé tanto con la película, una sesión doble de John Wayne, que me olvidé del tiempo. Eran las 5:30 cuando me acordé. Corrí al taller, conseguí el coche y me apresuré todo lo que pude para llegar hasta donde mi padre me estaba esperando. Eran casi las 6.
Él me preguntó con ansiedad:
-¿Por qué llegas tarde?
Me sentía mal por eso y no le podía decir que estuve viendo una película de John Wayne. Entonces le dije que el coche no estaba listo y tuve que esperar... esto le dije sin saber que mi padre ya había llamado al taller.
Cuando se dio cuenta que había mentido, me dijo:
-Algo no anda bien en la manera en que te he criado que no te he dado la confianza suficiente para decirme la verdad. Voy a reflexionar qué es lo que hice mal contigo. Voy a volver andando las 18 millas que hay hasta casa para pensar sobre esto.
Así que vestido con su traje y sus zapatos elegantes, empezó a caminar hasta casa por caminos que ni estaban asfaltados ni iluminados.
No lo podía dejar solo... así que yo conduje el coche durante 5 horas y media detrás de él... viendo a mi padre sufrir la agonía de una mentira estúpida que yo le había dicho.
Decidí en desde ese momento que jamás volvería a mentir.
Muchas veces me acuerdo de este episodio y pienso... ¿Si me hubiese castigado de la manera que nosotros castigamos a nuestros hijos... hubiese aprendido la lección? No, no lo creo. Hubiese sufrido el castigo y hubiese seguido haciendo lo mismo. Pero esta acción de no violencia fue tan fuerte que la tengo impresa en la memoria como si fuera ayer.
Este es el poder de la vida sin violencia"
martes, 24 de enero de 2017
MAÑANA DE TERTULIA: ENERO
En la mañana de hoy martes 24 de enero, hemos realizado la tertulia prevista con el corto previamente anunciado por aquí. El alumnado asistente ha participado en un interesante debate en torno al mundo de las adicciones. Hemos conversado sobre los distintos tipos de sustancias, alimentos, circunstancias que pueden resultar adictivas y los efectos negativos que provocan en nuestra salud. También hemos reflexionado sobre las razones por las cuales, en un momento dado, los chavales pueden sentirse tentados a probar algún tipo de droga ya sea legal (tabaco, alcohol...) o ilegal. Nuestro alumnado del IES El Picacho, nunca nos defrauda al exponer su particular visión de los temas propuestos. Claro está que los adolescentes siempre son pues eso, personas que están creciendo con las inseguridades propias de la edad y la necesidad de pertenencia, de sentirse aceptados por "su grupo", es muy fuerte.
Siempre que acudo a este tipo de actividad me llevo valiosas enseñanzas. Nuestros participantes habituales son chicos y chicas que necesitan que se les escuche, que se les preste atención porque nosotras no ejercemos de jueces; no vamos a cuestionar lo que ellos y ellas expongan sino que les ofrecemos una cálida mano tendida que, como madres que somos, siempre acoge con mucho cariño.
Para finalizar, como siempre, agradecer la asistencia y participación de los asistentes y la colaboración del profesorado responsable de biblioteca por facilitarnos el desarrollo de las tertulias.
Siempre que acudo a este tipo de actividad me llevo valiosas enseñanzas. Nuestros participantes habituales son chicos y chicas que necesitan que se les escuche, que se les preste atención porque nosotras no ejercemos de jueces; no vamos a cuestionar lo que ellos y ellas expongan sino que les ofrecemos una cálida mano tendida que, como madres que somos, siempre acoge con mucho cariño.
Para finalizar, como siempre, agradecer la asistencia y participación de los asistentes y la colaboración del profesorado responsable de biblioteca por facilitarnos el desarrollo de las tertulias.
jueves, 19 de enero de 2017
TERTULIA DE RECREO: ENERO
Comenzamos las tertulias de recreo correspondientes al segundo trimestre. Para esta ocasión, hemos escogido un corto que trata sobre las adicciones. Tendremos la oportunidad de charlar y preguntar al alumnado asistente: ¿a qué sustancia, situación, persona, comida... son adictos? ¿somos capaces de reconocer cuando una sustancia, persona... nos resulta adictivo? ¿conocemos realmente los peligros de las drogas?
Todas estas cuestiones y muchas más que, seguro, surgirán en un interesante debate. Os esperamos el próximo martes 24 de enero en horario habitual de recreo en la biblioteca escolar del IES El Picacho.
Todas estas cuestiones y muchas más que, seguro, surgirán en un interesante debate. Os esperamos el próximo martes 24 de enero en horario habitual de recreo en la biblioteca escolar del IES El Picacho.
martes, 17 de enero de 2017
FAMILIAS LECTORAS
Hoy nuestra biblioteca ha estado más viva que nunca. Dentro del programa "Familias lectoras" que coordina Mari Carmen Rodríguez, numerosas familias se han dado cita esta mañana en la biblioteca del centro para charlar, debatir e incluso degustar exquisitos postres hechos a partir de recetas árabes. Distintos representantes de la comunidad educativa del IES El Picacho han reflexionado sobre el libro "Abdel"; la tremenda temática que aborda en torno a la inmigración cuando los protagonistas son niños, pone de manifiesto la dura realidad a la que nos enfrentamos a diario. Muchas han sido las ideas que han surgido sobre la diferencia y similitud de nuestros niños y los niños que no han tenido la suerte de nacer en un país desarrollado, también se ha recopilado una lista de derechos fundamentales que debe de tener cualquier niño. La actividad ha resultado de lo más dinámica y participativa enriqueciendo los puntos de vista de todos los presentes.
Por mi parte, quiero dar la enhorabuena a toda la comunidad educativa del IES El Picacho por esta maravillosa iniciativa, porque pienso que el hecho de compartir una lectura con nuestros hijos e hijas no es sólo un ejemplo para nuestros niños sino que es un acto de amor desinteresado que, seguro a ellos y ellas les llegará aunque ahora mismo no sean conscientes de ello.
Por mi parte, quiero dar la enhorabuena a toda la comunidad educativa del IES El Picacho por esta maravillosa iniciativa, porque pienso que el hecho de compartir una lectura con nuestros hijos e hijas no es sólo un ejemplo para nuestros niños sino que es un acto de amor desinteresado que, seguro a ellos y ellas les llegará aunque ahora mismo no sean conscientes de ello.
jueves, 12 de enero de 2017
BIBLIOTECA IES EL PICACHO
La entrada de hoy va dirigida a nuestra biblioteca, no sólo al espacio físico sino al equipo de personas, profesorado y alumnado voluntario, que se afanan diariamente en ofrecer un servicio esencial a la comunidad educativa del IES El Picacho. Para ello, he escogido un texto de Ricardo Piglia que describe de una forma muy sencilla y a la vez apasionada la relación que tuvo con la Biblioteca en Mar del Plata. Antes de finalizar mi comentario, quiero agradecer a Rocío Fernández su labor como reportera gráfica ya que suya es la imagen que se va a publicar en esta entrada.
Me fui a vivir a Mar del Plata en diciembre de 1957. A los pocos días descubrí la Biblioteca que estaba en el viejo edificio de la Municipalidad en la calle Luro, con su falso aire de fortaleza española y jamás voy a olvidar la sorpresa y el deslumbramiento que experimenté en aquellos días del verano del 58, al comprobar la riqueza del lugar. Era una pequeña biblioteca de una ciudad balnearia de la provincia de Buenos Aires pero era extraordinaria y muy completa.
Yo venía de hacer mis primeros años de secundario en el Nacional de Adrogué donde el bibliotecario era el poeta Roberto Juarroz, por lo tanto sabía lo que era una buena biblioteca y sabía manejarme entre las viejas fichas escritas a mano y en los catálogos que abrían camino hacia los libros secretos. Y la biblioteca municipal de Mar del Plata a fines de los años 50 era una de las más modernas y mejor organizadas. Era una biblioteca pública, es decir, que prestaba los libros (cinco por semana si no me equivoco) tenía acceso directo a los estantes, había un mostrador y un sistema de referencias muy fluido y eficaz.
Ese primer verano yo me pasaba la mañana en la playa y el resto del día en la sala de lectura del segundo piso (¿o era el primero?) y cuando la biblioteca cerraba me iba a mi casa con dos o tres libros y me pasaba la noche leyendo. Leí más en esos meses que en toda mi vida, quiero decir que después ya casi no volví a leer de ese modo (con la pasión deslumbrada de quien cree descubrir toda la literatura concentrada en un solo lugar, como quien tiene en un escondite en la ciudad, un sitio mágico en el que lo espera todo lo que puede desear).
Estuve casi tres años en Mar del Plata y leí (imagino a veces) todos los libros y cuando me fui a estudiar a La Plata en el verano del 60, ya era otro, era el lector que soy ahora, y muchas veces a lo largo de mi vida he vuelto a recordar la biblioteca del Mar del Plata, donde todo empezó para mí, con la sala tranquila, con las enciclopedias en los estantes bajos de la izquierda y el reloj en la pared del frente, como si esa biblioteca fuera (también para mí) una forma de la felicidad.
Desde entonces he trabajado en muchísimas bibliotecas del mundo pero nada se puede comparar con mi experiencia en aquella pequeña biblioteca de provincia donde leí por primera vez alguno de los libros que he leído luego a lo largo de toda mi vida.
Recuerdo que cuando tomaba el ascensor y bajaba por la salida lateral que daba a la calle Luro, no podía esperar hasta llegar a mi casa (yo vivía en España y Belgrano) y me paraba en la vereda a hojear los libros que llevaba conmigo. Yo era, en aquel tiempo, más inteligente y más apasionado de lo que nunca fui después, una especie de Raskolnikov tímido, solitario y empecinado como el estudiante de Dostoievski.
En aquellos años descubrí la literatura como quien entra por primera vez en un país desconocido y tuve la suerte increíble de tener a mi disposición todos los libros que quería leer. Esa biblioteca que me cambió la vida la habían hecho (como tantas otras en el país) humildes y activos militantes socialistas, muchos de los cuales durante años dirigieron la ciudad. Eran extraños políticos de una raza extinguida, políticos que creían que la cultura era un bien que debía estar a disposición del que pudiera usarla.
Habían pensado que esa biblioteca debía contener una gama amplísima de libros de literatura y de filosofía para que un joven recién llegado pudiera ilusionarse con tener a su alcance todos los libros que quería leer y pudiera también imaginar en el futuro que él mismo podía llegar a escribir libros. Por todo eso, claro, siempre le voy a estar agradecido a quienes no tuvieron otro ideal que hacer de la política una forma de la cultura y de la solidaridad.
Ricardo Piglia
Me fui a vivir a Mar del Plata en diciembre de 1957. A los pocos días descubrí la Biblioteca que estaba en el viejo edificio de la Municipalidad en la calle Luro, con su falso aire de fortaleza española y jamás voy a olvidar la sorpresa y el deslumbramiento que experimenté en aquellos días del verano del 58, al comprobar la riqueza del lugar. Era una pequeña biblioteca de una ciudad balnearia de la provincia de Buenos Aires pero era extraordinaria y muy completa.
Yo venía de hacer mis primeros años de secundario en el Nacional de Adrogué donde el bibliotecario era el poeta Roberto Juarroz, por lo tanto sabía lo que era una buena biblioteca y sabía manejarme entre las viejas fichas escritas a mano y en los catálogos que abrían camino hacia los libros secretos. Y la biblioteca municipal de Mar del Plata a fines de los años 50 era una de las más modernas y mejor organizadas. Era una biblioteca pública, es decir, que prestaba los libros (cinco por semana si no me equivoco) tenía acceso directo a los estantes, había un mostrador y un sistema de referencias muy fluido y eficaz.
Ese primer verano yo me pasaba la mañana en la playa y el resto del día en la sala de lectura del segundo piso (¿o era el primero?) y cuando la biblioteca cerraba me iba a mi casa con dos o tres libros y me pasaba la noche leyendo. Leí más en esos meses que en toda mi vida, quiero decir que después ya casi no volví a leer de ese modo (con la pasión deslumbrada de quien cree descubrir toda la literatura concentrada en un solo lugar, como quien tiene en un escondite en la ciudad, un sitio mágico en el que lo espera todo lo que puede desear).
Estuve casi tres años en Mar del Plata y leí (imagino a veces) todos los libros y cuando me fui a estudiar a La Plata en el verano del 60, ya era otro, era el lector que soy ahora, y muchas veces a lo largo de mi vida he vuelto a recordar la biblioteca del Mar del Plata, donde todo empezó para mí, con la sala tranquila, con las enciclopedias en los estantes bajos de la izquierda y el reloj en la pared del frente, como si esa biblioteca fuera (también para mí) una forma de la felicidad.
Desde entonces he trabajado en muchísimas bibliotecas del mundo pero nada se puede comparar con mi experiencia en aquella pequeña biblioteca de provincia donde leí por primera vez alguno de los libros que he leído luego a lo largo de toda mi vida.
Recuerdo que cuando tomaba el ascensor y bajaba por la salida lateral que daba a la calle Luro, no podía esperar hasta llegar a mi casa (yo vivía en España y Belgrano) y me paraba en la vereda a hojear los libros que llevaba conmigo. Yo era, en aquel tiempo, más inteligente y más apasionado de lo que nunca fui después, una especie de Raskolnikov tímido, solitario y empecinado como el estudiante de Dostoievski.
En aquellos años descubrí la literatura como quien entra por primera vez en un país desconocido y tuve la suerte increíble de tener a mi disposición todos los libros que quería leer. Esa biblioteca que me cambió la vida la habían hecho (como tantas otras en el país) humildes y activos militantes socialistas, muchos de los cuales durante años dirigieron la ciudad. Eran extraños políticos de una raza extinguida, políticos que creían que la cultura era un bien que debía estar a disposición del que pudiera usarla.
Habían pensado que esa biblioteca debía contener una gama amplísima de libros de literatura y de filosofía para que un joven recién llegado pudiera ilusionarse con tener a su alcance todos los libros que quería leer y pudiera también imaginar en el futuro que él mismo podía llegar a escribir libros. Por todo eso, claro, siempre le voy a estar agradecido a quienes no tuvieron otro ideal que hacer de la política una forma de la cultura y de la solidaridad.
Ricardo Piglia
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