jueves, 15 de septiembre de 2016

BUSCANDO LA SABIDURÍA

Hoy quiero compartir con todos los lectores una preciosa historia que nos enseña a mirar las cosas  con ojos nuevos, a estar siempre atentos a lo que cualquier persona, sea de la condición que sea, guarda en su interior. Porque siempre podemos aprender algo interesante de los demás.















EL GUERRERO, EL SABIO Y EL HOMBRE INSIGNIFICANTE




La paz había llegado a esos pueblos donde no había ya nadie más para matar, así es que sólo entonces el guerrero pudo volver a su hogar para encontrar que, así como él había barrido y quemado todas las aldeas de los enemigos que había sido barrida y quemada tras el paso de éstos por allí.
A lo largo de la campaña había pasado años blandiendo furia en asaltos, escaramuzas y emboscadas, había herido y matado a más hombres de los que una mujer pudiera dar a luz, y había tenido la suerte- la que él suponía fiel al heroísmo que en la batalla muchos le confundían con salvajismo-, de poco haber sido herido y nunca matado. Mas su fortuna se volvió en desgracia, la última vez que en el campo que se había convertido en cementerio, nadie había tenido tiempo, entre la exigente atención de esquivar espadas y asestarlas, para ocuparse del entierro de los vencidos. Y él, a peor suerte de con su propia mano haber abatido al último rival, se vio siendo el único en pie, aún de entre los aliados, para preguntarse si valía la pena vivir para verse en tener que atender el cuidado de tantos cadáveres.
El guerrero cavó primero para juiciosamente hacer sitio a sus compañeros, sin llorarlos, porque no había tenido ocasión de conocer a casi ninguno. Sobre la tumba de cada uno dejaba una pequeña pira de maderitas como la tradición exigía, y para cuando hubo acabado, ya no había más ramas de dónde abastecerse en todo el páramo.
Entonces, juzgándose mejor que sus enemigos y aún sabiendo que ninguno de ellos los habría hecho en su lugar, siguió dedicando los días a sepultarlos a ellos también, incluso tuvo que arrasar con el bosque en el cual habían acampado él y los suyos a las vísperas del combate final, sólo para ver que ni entonces la madera alcanzó con equitativa justicia a todas las tumbas. Y así continuó, agradeciendo a la blanda tierra que no hacía imposible su labor, y llorando a muchos de sus enemigos, pues que los conocía y había considerado amigos hasta que aquél día que no recordaba, por aquellas razones que jamás entendió, había estallado la guerra.
Así fue que por fin un día pudo dejar el cementerio que él mismo había sembrado para retornar a su aldea, dónde descubriera que alguien más había hecho lo propio. Desde entonces erró los caminos, despreciando el pasado y queriendo olvidar el futuro, vagabundo, sin tierra por la que había luchado ni amigos por los que había sido alentado.
Hasta que ocurrió un día, como ocurre siempre en estas historias, que los caminos lo llevaron hasta un rumor que en el camino siguiente se hizo más fuerte y a la próxima encrucijada que alcanzó ya había tomado voz de verdad: había, en un pueblo no muy alejado, un hombre sabio, que daba tranquilidad al espíritu del más desdichado y hacía parecer mendigo al corazón del más rico que no le hubiese escuchado.
El soldado sintió latir con fuerza su propio corazón con la noticia, pero ya latía lento y cansado de haberse olvidado cómo latir. Intentó correr por la senda que le habían sugerido, pero tropezaba todo el tiempo con los años que en su andar le habían alcanzado. Su aliento buscó un bastón, y anciano  de tristezas marchó sin la fuerza con la que había buscado la contienda.
Las noches pasaron y los días corrieron hasta que encontró ese pueblo donde estaba seguro el sabio le daría la paz que jamás antes había buscado para otros. Y fue que apenas tocar su pie el umbral de la aldea, un hombre que llegaba del río cargando una cesta repleta de pescados frescos se le acercó y reclinó su cabeza a modo de saludo.
-Noble señor- dijo el guerrero-, sepa busco al sabio que su pueblo aloja, el mismo que ha hecho célebre su nombre y según cuentan, felices a todos sus habitantes.
-Amigo mío- habló el pescador-. es usted aquí bienvenido, mas no busque entre nosotros lo que está entre todos los hombres. Cuando usted busca usted ha encontrado, ¿buscaría el pájaro los cielos sin saber en su alma que su destino es remontar los aires o busca el pez la corriente sin sentir que el agua es el lugar donde ha de luchar sus días? De la misma manera, mi estimado forastero, usted no podría buscar a ningún sabio ni su sabiduría, si la sabiduría no estuviera ya en usted.
El guerrero se sintió conmovido:¡qué vuelco del destino, primer hombre que se topase en su camino ser el que tanto ansiaba encontrar!
-¡Mi señor. dijo el guerrero- es usted a quién tanto ansiaba encontrar!¡Es usted el que puede dar la vida a mi espíritu, que yo a otros he robado liberando los espíritus a sus vidas!
El pescador sonrió con amable sonrojo y levantó la mano que llevaba libre del cesto de pescados, para detenerle en su premura y decirle:
-Apura usted su juicio, toda la vida fui un pescador, y no conozco más sabiduría que la que el correr de mis días, como corren las aguas del río, que me han regalado esos pescados de los que me he servido- y ante el desahuciado asombro del guerrero que más oía y creía aunque descreía por lo que oía, miró el punto del sol y señaló hacía el río-. Busque a la vera de las aguas, se dice que a estas horas el sabio del que habla acostumbra sentarse con los pies en el río, pues se dice que dice que siempre es la primera vez que lo hace, pues que siempre son otros pies los que sumerge, en un río que nunca es el mismo. Usted llegará con bien si anda en la dirección que le indico, pero si  su paso se pierde, sin duda encontrará un mendigo que como usted dedica sus días a conocer los caminos, él sabrá decirle con bien el que busca.
El pescador siguió su camino haciendo un nuevo saludo al guerrero que, sintiéndose engañado y rechazado, siguió el consejo , convencido de haber hallado el sabio que buscaba, y convencido también de que estaba poniendo a prueba su determinación y confianza.
Ya en la orilla, como esperaba, no encontró ningún anciano que tuviera las pintas de sabio, mas si descubrió una joven lavandera que estrellaba sus ropas sucias contra las rocas del río una y otra vez, de modo que para confirmar sus sospechas se le acercó y preguntó:
-Dulce niña, soy forastero en estas tierras y vengo buscando al iluminado que aquí  se dice ha hecho hogar. Un pescador que me dijo que aquí estaría, pero sólo estás tú.
-¡Oh , buen señor!- dijo la muchacha deteniendo sus tareas- ¿Ha usted buscado la sabiduría esperando verla o para escuchar su voz? ¿Diría que este es un río sólo cuando entrara en él o podría decirlo al oír su suave murmullo? ¿La busca sabiendo cómo ha de ser y qué le habrá de decir o está buscando lo que su corazón busca aún a costa de que su presencia le sorprenda?
El guerrero sintió el mundo girar a su alrededor y al instante desechó las sospechas que habían tenido sobre el pescador.
-¡Niña anciana de palabras!- dijo humildemente- ¿Perdonarás mi torpeza de confundir años con sapiencia cuando tengo los unos y no logro la otra? ¿Disculparás mis ojos que ven sólo lo que mis ojos se prestan a ver? ¿Podrías tú, a favor de mi búsqueda y teniendo como prueba de mi necesidad la necedad en la que me excuso para no haberte reconocido?
La niña se sonrojó exhibiendo pudores de timidez.
-Buen señor, es amable su confusión, mas yo no soy la que busca. Sólo vengo aquí a fregar ropas como si ellas pudieran ensuciar el alma ¿Hay sabiduría en ello? No soy yo dada en creerlo. Uso mis manos porque para eso están, vengo al río porque al río puedo venir y lavo aquí las ropas por que  aquí  las puedo lavar. No hay sabiduría en hacer las cosas que se deben hacer así como no hay valentía en amar cuando amar es lo que nos hace de verdad valientes. Y si no se lo dije ya se lo digo. porque lo que no se dice no se sabe, porque yo no soy la que busca. Y si acaso ya se lo dije, perdone que mi memoria sólo se ocupe de este momento en que hablo, sepa que a cada  momento cada palabra es una nueva verdad, y sepa que yo no soy la que busca.
El guerrero se sintió confundido otra vez al ver más sabiduría en esta niña que en el pescador, pero si debía creerle, entonces no debía haberla. Abatido, hundió su mentón en el pecho y se arrodilló sintiéndose vencido.
-Buen hombre, permítame decirle amigo, vea que diciéndome su amiga así me siento, y diciéndome su amiga más yo misma me siento -la niña tomó su rostro y lo elevó a la altura de sus propios ojos descubriendo una lágrima que al guerrero había herido y sangraba hasta su rechazo-. No soy yo quién busca, pero sé dónde ha de hallarle. Él todas las noches vuelve a su hogar, solo porque al pobre nadie le ha tolerado demasiado sus verdades, encendiendo las luces de su única morada porque tiene por costumbre del día en su lengua o por las noches las usanzas de un faro, solo porque en verdad nadie le ha visto, se dice que vuelve de andar por todo el pueblo y sin que sus pasos sean más que una sombra, pero haciéndonos sentir su presencia como lleva el viento las voces de un pájaro que nadie ve y nadie conoce. Busque al final del camino entre las últimas de las casas, busque y encuentre la más humilde y la más triste, la más fea si la distingue, pues se dice que en la roca menos querida se halla en su corazón  la gema más deseada. Y si no la encuentra allí hasta el final del pueblo, pregunte al mendigo que ronda buscando una palabra de amigo, que nada tiene pero que jamás escatima una sonrisa y una humilde reverencia, que todos en el pueblo conocen y nadie olvida a la vez que no hay uno sólo que le recuerde.
El guerrero, aturdido como nunca lo había estado en el fragor de la batalla, resignado retomó su marcha, desconfiando de su propia confianza en saber ya a quién buscaba. Si todos en aquella aldea hablaban como el pescador o la lavandera, lo mismo valía buscar el cielo sin mirar hacia arriba. ¿Cómo podía la sabiduría estar en todos y cómo un maestro podría enseñarle más de lo que le había enseñado una simple lavandera?
El viejo y cansado soldado al fin posó sus pies ante el umbral de la choza más fea, simple y pobre que pudo encontrar, y siendo que aún el sol guardaba algún que otro haz para destinar a aquel día, se sentó a esperar al sabio.
Al poco rato pasó un niño llevando algo entre sus manos que a juzgar por su recelo habría sido el tesoro digno de un rey. Cuando vio al soldado sintió curiosidad y demostrando que tenía la sabiduría de un rey abrió sus manos para mostrarle que no había nada en ellas.
Viendo esto el guerrero lo miró con indulgencia, los juegos son para los niños, eso bien lo sabía, y pensó  que su compañía podría traer algo de la fresca ingenuidad que de pronto parecía haberse borrado de la faz de la tierra. O al menos de ese insólito pueblecito.
-Buenas sean vuestras tardes, jovencito- dijo el soldado.
-Buenas sean vuestras tardes, jovencito- respondió el niño.
-¿Desprecias mis arrugas para llamarme así?- dijo sorprendido.
-Le llamo así, amigo, porque es usted a lo que yo aspiro ser si los días me acompañan y porque soy yo lo que usted aspira a volver a ser ya que los días lo han abandonado. Le digo así, jovencito, porque no somos más de lo que  queremos ser.
 El guerrero se sintió  víctima de todos los colmos. El viejo soldado se sintió más vencido que tras cualquier batalla en la que la suerte le hubiera sido la derrota más humillante. En ese pueblo la sabiduría parecía crecer en los árboles y se sentía tan ingenuo en esos momentos como debiera haberlo sido el niño que tenía en frente.
-Ya, si dices bien yo debería ser curioso como un niño- dijo el soldado.
-Sí- respondió el niño.
-Pues entonces voy a preguntarte qué llevabas en tus manos hasta hace un momento.
-Hágalo- lo invitó.
-¿Qué llevabas en tus manos hasta hace un momento?- dijo el soldado intentando llevar las palabras a un asunto más trivial que le sentara mejor.
-Llevaba tiempo, mi joven amigo.
-¿Llevabas tiempo entre tus manos?
-No sólo tiempo. También llevaba una promesa.
-Ya veo- dijo el soldado, volviendo a sentir que hablaba con un niño que estaba jugando y nada más-. ¿Y los has soltado porque te hacían cosquillas, verdad?
-¡Bien dices!- se alegró el niño y como certeza de esto sonrió y dio un salto triunfal-. Me hacían muchas cosquillas, de modo que decidí liberarlos porque al verlo a usted entendí que es inútil pretender aferrarme a un momento y resistir al paso de un día. Y con el tiempo que tenía atrapado solté la promesa de que llegado el momento oportuno, lo tendría todo de vuelta y que para entonces lo habría disfrutado en libertad.
El niño miró al soldado. El soldado miró al niño. El niño sonrió. El soldado dejó pasar tanto tiempo antes de responder malhumorado a su sonrisa y poder articular una sola palabra, que para entonces el último rayo del sol se había puesto en el ocaso, y a lo lejos las farolas del pueblo ya empezaban a encenderse tímidamente.
-Debes marcharte- sentenció simplemente, ya había tenido bastante de pescadores, lavanderas y niños, estaba esperando al sabio y a nadie más-. Espero al sabio del pueblo, y no es asunto que incumba a ningún niño.
-¡Tienes razón  mi amigo!- sonrió el niño-. Haces bien en buscar al sabio, aquí los niños somos curiosos, pero la sabiduría de las certezas no deja satisfecho a los hombres tanto como la curiosidad a los niños.
El soldado dudó del valor de haber sido finalmente tratado como un adulto, pero antes de que dijera esta boca es mía, el niño dijo para despedirse:
-Y en verdad hace bien en esperarlo aquí donde se dice que vive por las noches. Mas si las horas pasan y no llega, usted debe preguntar al mendigo, pronto llegará por aquí ejerciendo el único oficio que se le conoce de las noches pues ninguno se le sabe por los días, y ese es el de prender las luces de las calles, como buen farolero que es.¡Adiós!
El niño se alejó trotando por el camino, saltando cuando la alegría se lo reclamaba y en giros cuando era él el que alcanzaba a la alegría. En las sombras cada vez más oscuras, el soldado meditó sobre los hechos del día mientras distraídamente veía cómo  por la calle iba acercándose una tiara de candelas hacia él.
Y las luces fueron dando las formas a la figura de sombra que las encendía que empezó siendo algo irreconocible, luego  un hombre, luego un hombre extrañamente familiar y luego el mendigo al que el soldado había preguntado cómo llegar al río y cómo hallar la casa del sabio  cuando se había perdido. El mismo mendigo al que no había prestado la suficiente atención siquiera como para recordarlo en su propia historia.
Y cuando el mendigo del día y farolero de noche llegó al final del camino apagó la vela que le servía para encender las demás, levantó su roído sombrero saludando al soldado y se metió dentro de la casa.
El soldado se enfureció y empezó a golpear la puerta lo suficientemente fuerte para demostrar cuánto lo estaba. Después de mucho insistir, asomó por el umbral el mendigo feliz con el alboroto.
-Gracias buen hombre- dijo el mendigo-, nadie antes había golpeado a mi puerta, y ya tenía mis dudas de que sirviera como tal.
-¡Usted!- acusó el soldado sin perder la compostura de su ira ante semejante ocurrencia-. ¡Usted- dijo el soldado señalándolo como si él mismo no se conociera-. ¡Me ha engañado! Durante todo el día estuve buscándolo y me ha tenido como un tonto que no sabe dónde buscar, ni cómo reconocer, ni  qué hacer con la sabiduría, usted nunca me dijo quién era aún sabiendo que sólo a usted lo  buscaba. ¡Usted no es más que un engaño, no es más sabio que nadie aquí!
-Usted pretendía encontrar una lucecita durante la luz del día -dijo el hombre sabio-, y yo no hice más que mostrarle cuántos rayos adornan al sol del conocimiento que anida en los corazones de todos los hombres, de todas las mujeres y de todos los niños. Yo no tengo la soberbia de decirme sabio durante el día cuando sólo me dedico a escuchar y preguntar. Y durante las noches sólo soy un farolero que enciende luces que brillan más sólo porque brillan en la oscuridad, Si era usted el que me buscaba,¿cómo yo pude encontrarlo tres veces y usted no pudo encontrarme jamás? Nadie más que un hombre insignificante busca encontrar en uno sólo lo que está en todos los demás.


Jacques Pierre

viernes, 9 de septiembre de 2016

CUENTOS DEL DECAMERÓN: LOS TRES ANILLOS

El Decamerón (diez días) es un libro constituido por cien cuentos, algunos de ellos novelas cortas, escritos por Giovanni Boccaccio entre 1351 y 1353. La temática principal de los relatos que lo componen son: el amor, la inteligencia humana y la fortuna. En esta ocasión, he escogido un cuento que relata cómo resolver un problena de manera diplomática usando la inteligencia. Espero que lo disfrutéis.


                                    LOS TRES ANILLOS


Años atrás vivió un hombre llamado Saladino, cuyo valor era tan grande que llegó a sultán de Babilonia y alcanzó muchas victorias sobre reyes sarracenos y cristianos. Habiendo gastado todo su tesoro en diversas guerras y en sus incomparables magnificencias, y como le hacía falta, para un compromiso que le había sobrevenido, una fuerte suma de dinero, y no veía de dónde lo podía sacar tan pronto como lo necesitaba, le vino a la memoria un acaudalado judío llamado Melquisedec, que prestaba con usura en Alejandría, y creyó que éste hallaría el modo de servirle, si accedía a ello; mas era tan avaro, que por su propia voluntad jamás lo habría hecho, y el sultán no quería emplear la fuerza; por lo que, apremiado por la necesidad y decidido a encontrar la manera de que el judío le sirviese, resolvió hacerle una consulta que tuviese las apariencias de razonable. Y habiéndolo mandado llamar, lo recibió con familiaridad y lo hizo sentar a su lado, y después le dijo:
-Buen hombre. a muchos he oído decir que eres muy sabio y muy versado en el conocimiento de las cosas de Dios, por lo que me gustaría que me dijeras cuál de las tres religiones consideras que es la verdadera: la judía, la mahometana o la cristiana.

El judío, que verdaderamente era sabio, comprendió de sobra que Saladino trataba de atraparlo en sus propias palabras para hacerle alguna petición, y discurrió que no podía alabar a una de las religiones más que a las otras si no quería que Saladino consiguiera lo que se proponía. Por lo que, aguzando el ingenio, se le ocurrió lo que debía contestar y dijo:

-Señor, intrincada es la pregunta que me haces, y para poderte expresar mi modo de pensar, me veo en el caso de contarte la historia que vas a oír. Si no me equivoco, recuerdo haber oído decir muchas veces que en otro tiempo hubo un gran  y rico hombre que entre otras joyas de gran valor que formaban parte de su tesoro, poseía un anillo hermosísimo y valioso, y queriendo hacerlo venerar y dejarlo a perpetuidad a sus descendientes por su valor y por su belleza, ordenó que aquel de sus hijos en cuyo poder, por legado suyo, se encontrase dicho anillo, fuera reconocido como su heredero, y debiera ser venerado y respetado por todos los demás como el mayor. El hijo a quien fue legada la sortija mantuvo semejante orden entre sus descendientes, haciendo lo que había hecho su antecesor, y en resumen: aquel anillo pasó de mano en mano a sus muchos sucesores, llegando por último al poder de uno que tenía tres hijos bellos y virtuosos y muy obedientes a su padre, por lo que éste los amaba a los tres de igual manera. Y los jóvenes, que sabían la costumbre del anillo, deseoso cada uno de ellos de ser el honrado entre los tres, por separado y como mejor sabían, rogaban al padre, que era ya viejo, que a su muerte les dejase aquel anillo. El buen hombre, que de igual manera los quería a los tres y no acertaba a decidirse sobre cuál de ellos sería el elegiso, pensó en dejarlos contentos, puesto que a cada uno se lo había prometido, y secretamente encargó a un buen maestro que hiciera otros dos anillos tan parecidos al primero que ni él mismo, que los había mandado hacer, conociese cuál era el verdadero. Y llegada la hora de su muerte, entregó secretamente un anillo a cada uno de los hijos, quienes depués que el padre hubo fallecido, al querer separadamente tomar posesión de la herencia y el honor, cada uno de ellos sacó su anillo como prueba del derecho que razonablemente lo asistía. Y al hallar los anillos tan semejantes entre sí, no fue posible conocer quién era el verdadero heredero de su padre, cuestión que sigue pendiente todavía. Y esto mismo te digo, señor, sobre las tres leyes  dadas por Dios Padre a los tres pueblos que son el objeto de tu pregunta: cada uno cree tener su herencia, su verdadera ley y sus mandamientos; pero en esto, como en lo de los anillos, todavía está pendiente la cuestión de quién la tenga.

Saladino conoció que el judío había sabido librarse astutamente del lazo que le había tendido y, por lo tanto, resolvió confiarle sus necesidad y ver  si le quería servir; así lo hizo, y le confesó lo que había pensado hacer si él no le hubiese contestado tan discretamente como lo había hecho. El judío entregó generosamente toda la suma que el sultán le pidió, y éste, después, lo satisfizo por entero, lo cubrió de valiosos regalos y desde entonces lo tuvo por un amigo al que conservó junto a él y lo colmó de honores y distinciones.
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jueves, 1 de septiembre de 2016

APRENDIENDO A PENSAR

Comienza un nuevo curso, pero esta Biblioteca no descansa porque las historias están vivas siempre que haya alguien ahí para leerlas y añadirlas a su bagaje personal.
En esta ocasión, os traigo una  anécdota supuestamente real ocurrida el siglo pasado, que nos hará reflexionar sobre la verdadera finalidad de la docencia que, bajo mi punto de vista, no es otra que la de enseñar a pensar a las personas. Todo un reto.


                                       CÓMO PENSAR


Sir Ernest Rutheford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908,contaba la siguiente anécdota: Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado a un problema de física, pese a que éste afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen y decía:
Demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro. El estudiante había respondido: llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio.
Realmente el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correctamente.
Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podía alterar el promedio de su año de estudio, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el alumno tuviera ese nivel
Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera a la misma pregunta, pero esta vez con la advertencia de que con su respuesta debía demostrar sus conocimientos de física.
Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse y me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara. En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: tomo el barómetro y lo lanzo al suelo desde la azotea del edificio, calculo el tiempo de caída con un cronómetro. Después se aplica la fórmula altura= 0,5 por A por t^2. Y así obtenemos la altura del edificio.
En este punto le pregunté a mi colega si el alumno se podía retirar. Le dio la nota más alta. Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara las otras  respuestas a la pregunta.
Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo: tomas el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y le aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.
Perfecto, le dije, y ¿de otra manera?
Si, contestó, este procedimiento es muy básico para medir la altura de un edificio pero también sirve.
En este método, tomas el barómetro, te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras vas marcando la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el número de marcas que has hecho y ya tienes la altura.
Este es un método muy directo.
Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento más sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda, moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el péndulo está a la altura de la azotea, la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.
En este mismo estilo de sistemas atas el barómetro y lo descuelgas desde la azotea  hasta la calle. Usándolo como péndulo puedes calcular su altura midiendo su periodo de precisión.
En fin, concluyó, existen muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del portero. Cuando abra decirle:"Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura del edificio, se lo regalo."
En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares) evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar. El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica.


Al margen del personaje, de lo divertido y curioso de la anécdota, lo esencial de esta historia es que:
LE HABÍAN ENSEÑADO A PENSAR. Aprendamos a pensar, hay mil soluciones para un mismo problema, pero lo realmente interesante, lo auténticamente genial es elegir la solución más práctica y rápida, de manera que podamos eliminar el problema de raíz ... y dedicarnos a solucionar otros problemas.










jueves, 25 de agosto de 2016

¿ES LA RISA EL ESPEJO DEL ALMA?

Hoy quiero compartir con todos los lectores una reflexión extraída de la novela "El Adolescente" de Fiódor Dostoyesvki. El autor nos habla de cómo podemos conocer a las personas a través de una demostración espontánea de alegría como es la risa. Resulta bastante llamativo que, simplemente observando de qué forma reímos, podamos dar tantas pistas sobre nuestro comportamiento. Aprendamos pues, pero sobre todo... no perdamos nunca la sonrisa.





                                                  LA RISA


"Yo tengo la idea de que cuando un hombre ríe, la mayoría de las veces es una cosa que repugna contemplar. La risa manifiesta de ordinario en las personas un no sé qué de vulgar y de envilecedor, aunque el que ríe casi nunca sepa nada de la impresión que está produciendo. Lo ignora, lo mismo que se ignora por lo general la cara que se tiene durmiendo. Hay durmientes que cuyo rostro sigue pareciendo inteligente, y otros,  inteligentes por lo demás, que al dormirse, adquieren un rostro estúpido y hasta ridículo. Ignoro a qué se debe eso: quiero decir solamente que el reidor, como el durmiente, lo más ordinario es que no sepa nada de su rostro. Hay una multitud extraordinaria de hombres que no saben reír en absoluto. En realidad, no se trata de saber: es un don que no se adquiere. O bien, para adquirirlo, es preciso rehacer la propia educación, hacerse mejor y triunfar de sus malos instintos:entonces la risa de un hombre así podría  muy probablemente mejorarse. Hay una gente a la que su risa traiciona: uno se da cuenta en seguida de lo que llevan en las entrañas. Incluso una risa indiscutiblemente inteligente es a veces repulsiva. La risa exige ante todo franqueza, pero ¿dónde encontrar franqueza en los hombres? La risa exige bondad, y la gente ríe la mayoría de las veces malígnamente. La risa franca y sin maldad, es la alegría:¿dónde encontrar la alegría en nuestra época y dónde encontrar a la gente que sepa estar alegre? (...) La alegría de un hombre es su rasgo más revelador, juntamente con los pies y las manos. Hay caracteres que uno no llega a penetrar, pero un día ese hombre estalla en una risa bien franca, y he aquí de golpe todo su carácter desplegado delante de uno. Tan sólo las personas que gozan del desarrollo más elevado y más feliz pueden tener una alegría comunicativa, es decir, irresistible y buena. No quiero hablar del desarrollo intelectual, sino del carácter, del conjunto del hombre. Por eso si quieren ustedes estudiar a un hombre y conocer su alma, no presten atención a la forma que tenga de callarse, de hablar, de llorar, o a la forma en que se conmueva por las más nobles ideas. Miradlo más bien cuando ríe. Si ríe bien, es que es bueno. Y observad con atención todos los matices: hace falta por ejemplo que su risa no os parezca idiota en ningún caso. por alegre e ingenua que sea. En cuanto notéis el menor rasgo de estupidez en su risa, seguramente es que ese hombre es de espíritu limitado, aunque esté hormigueando de ideas. Si su risa no es idiota, pero el hombre, al reír, os ha parecido de pronto ridículo, aunque no sea más que un poquitín, sabed que ese hombre no posee el verdadero respeto de sí mismo o por lo menos no lo posee perfectamente. En fin, si esa risa, por comunicativa que sea, os parece sin embargo vulgar, sabed que ese hombre tiene una naturaleza vulgar, que todo lo que hayáis observado en él de noble y elevado era o contrahecho y ficticio o tomado a préstamo inconscientemente, y de manera fatal tomará un mal camino más tarde, se ocupará de cosas "provechosas" y rechazará sin piedad sus ideas generosas como errores y tonterías de la juventud.

No inserto sin atención aquí esta larga parrafada sobre la risa, sacrificándole la coherencia al relato; la considero como una de las más serias conclusiones que yo haya extraído de la vida (...) No comprendo más que una cosa: que la risa es la prueba más segura de un alma. Mirad a un niño; ciertos niños saben reír a la perfección, y por eso son irresistibles. Un niño que llora me resulta odioso, pero el que ríe y se alegra es un rayo del paraíso, una revelación del porvenir en el que el hombre llegará a ser, por fin, tan puro e ingenuo como un niño".


















UNA SONRISA. GANDHI

"Una sonrisa no cuesta nada y produce mucho,
enriquece a quienes la reciben
sin empobrecer a quienes la dan.
No dura más que un instante,
pero su recuerdo a veces es eterno.
Nadie es demasiado rico para prescindir de ella,
nadie es demasiado pobre para no merecerla.
Da felicidad en el hogar, apoyo en el trabajo,
es el símbolo de la amistad.
Una sonrisa da reposo al cansado,
ánimo a los más deprimidos.
No puede ni comprarse, ni prestarse, ni robarse,
pues es una cosa que no tiene valor
hasta el momento en que se da.
Y si alguna vez tropiezas con alguien
que no sabe dar una sonrisa,
se generoso, dale la tuya.
Porque nadie tiene tanta necesidad de una sonrisa
como el que no puede dársela a los demás"

jueves, 18 de agosto de 2016

LORCA

Hoy se cumplen ochenta años del asesinato de uno de los poetas andaluces más importantes del siglo XX. Federico García Lorca, perteneciente a la generación del 27, hizo una importante contribución a la literatura española. Os dejo algunos de sus poemas para rendir un merecido homenaje a tan insigne autor.



LLANTO POR IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS


LA COGIDA Y MUERTE

A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde .
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.
El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y niquel
a las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y muslo con asta desolada
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro, solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde.
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.
Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!


CANCIÓN ORIENTAL

Es la granada olorosa,
un cielo cristalizado.
(Cada grano es una estrella,
cada velo es un ocaso)
Cielo seco y comprimido
por la garra de los años.

La granada es como un seno
viejo y apergaminado,
cuyo pezón se hizo estrella
para iluminar el campo.

Es colmena diminuta
con panal ensangrentado,
pues con bocas de mujeres
sus abejas la formaron.
Por eso al estallar, ríe
con púrpuras de mil labios...

La granada es corazón
que late sobre el sembrado,
donde no pican los pájaros,
un corazón que por fuera
es duro como el humano,
pero da al que lo traspasa
olor y sangre de mayo.
La granada es el tesoro
del viejo gnomo del prado,
el que habló con niña Rosa
en el bosque solitario.
Aquel de la blanca barba
y del traje colorado.
Es el tesoro que aun guardan
las verdes hojas del árbol.
Arca de piedras preciosas
en entraña de oro vago.
La espiga es el pan. Es Cristo
en vida y muerte cuajado.                                                                   

El olivo es la firmeza
de la fuerza y el trabajo.

La manzana es lo carnal,
fruta esfinge del pecado.
gota de siglos que guarda
de Satanás el contacto
.
La naranja es la tristeza
del azahar profanado,
pues se torna fuego y oro
lo que antes fue puro y blanco.

Las vides son la lujuria
que se cuaja en el verano,
de las que la iglesia saca,
con bendición, licor santo.

Las castañas son la paz
del hogar. Cosas de antaño.
Crepitar de leños viejos,
peregrinos descarriados.

La bellota es la serena
poesía de lo rancio,
y el membrillo de oro débil
la limpieza de lo sano.

Mas la granada es la sangre,
sangre del cielo sagrado,
sangre de la tierra herida
por la aguja del regato.
Sangre del viento que viene
del rudo monte arañado.
Sangre de la mar tranquila,
sangre del dormido lago.
La granada es la prehistoria
de la sangre que llevamos,
la idea de sangre, encerrada
en glóbulo duro y agrio,
que tiene una vaga forma
de corazón y de cráneo.

¡Oh granada abierta!, que eres
una llama sobre el árbol,
hermana en carne de Venus,
risa del huerto oreado.
Te cercan las mariposas
creyéndote sol parado,
y por miedo de quemarse
huyen de ti los gusanos.

Porque eres luz de la vida,
hembra de las frutas. Claro
lucero de la floresta
del arroyo enamorado.
¡Quién fuera como tú, fruta,
todo pasión sobre el campo!


Discurso de Federico García Lorca con motivo de la inauguración de la biblioteca de su pueblo.


                              MEDIO PAN Y UN LIBRO


"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. (Lo que le gustaría esto a mi padre, a mi hermana), piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión."

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí  violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: "amor, amor", que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fiodor Dostoyesvsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita, y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: "¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!". Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser:"Cultura". Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.







jueves, 11 de agosto de 2016

LECTURA PARA REFLEXIONAR


Hoy os quiero dejar un cuento que tenía guardado en mi memoria. Lo conocí hace bastante tiempo y me gustó mucho porque, en realidad, es una metáfora de lo que representan las distintas parcelas en la vida de una persona. Este breve relato nos advierte sobre cómo debemos cuidar cada uno de los aspectos personales y prestarles a cada uno su debida atención. Espero que os guste y os invite a reflexionar.



                                        LAS CUATRO ESPOSAS


Había una vez un rey que tenía cuatro esposas. Él amaba a su cuarta esposa más que a las demás. La vestía con las mejores y más elegantes vestimentas, la alimentaba con los más exquisitos manjares y la cuidaba con esmero. Sólo le daba lo mejor.
También amaba mucho a su tercera esposa; era tan encantadora y agradable...
Sin embargo, tenía miedo de que ella algún día se fuera con otro.
Así mismo quería muchísimo a su segunda esposa.
Cada vez que el rey tenía un problema, duda o necesitaba algún consejo, acudía y confiaba en ella.
La primera esposa era una compañera muy leal.
Pero el monarca no la amaba; sentía cariño por ella y, a pesar de que ella le daba todo su amor, él apenas le prestaba atención.
Un día, el rey enfermó y al comprender que le quedaba poco tiempo se dijo:
"Ahora tengo cuatro esposas conmigo, pero cuando muera, estaré solo".
Entonces llamó a la cuarta esposa y le preguntó:
"A ti te he amado más que a ninguna. ¿estarías dispuesta a seguirme y a ser mi compañía?."
¡Ni pensarlo! -contestó  y se fue sin decir más palabras.
El rey se entristeció mucho, pero en un nuevo intento, llamó a la tercera y le preguntó:
"Te he amado toda mi vida. ¿estarías dispuesta a seguirme y a ser mi compañera?"
¡No! -contestó la tercera esposa- ¡La vida es demasiado buena y no renunciaré a ella por ti!
El rey se sintió muy desamparado, pero sin perder la esperanza, llamó a la segunda y volvió a preguntar:
"Te he querido mucho y siempre que he necesitado tu ayuda has estado ahí para mí. ¿estarías dispuesta a seguirme y a ser mi compañía?".
¡ Lo siento, pero no puedo ayudarte esta vez!- contestó la segunda esposa- ¡Lo único que puedo hacer por ti es enterrarte!

El rey se sintió muy débil e indefenso, pero de pronto escuchó una suave voz que decía:
"¡Te seguiré donde tú vayas y nunca te dejaré!"
El rey miró a un rincón y allí estaba su primera esposa. Era tan pequeña... casi insignificante.
Muy afectado, el monarca exclamó:
"Debí haberte cuidado mejor cuando tuve la oportunidad. Perdóname!"



En realidad todos tenemos cuatro esposas en nuestra vida:

Nuestra cuarta esposa es nuestro cuerpo. No importa cuánto tiempo y esfuerzo invirtamos en hacerlo lucir. Nos dejará cuando muramos.
Nuestra tercera esposa son nuestras posesiones, condición social y riqueza. Cuando dejemos este mundo, irán a parar a otras manos.
Nuestra segunda esposa representa a la familia y los amigos.
No importa el gran apoyo y amistad que nos brindaron. Al morir sólo podrán acompañarnos hasta el sepulcro.
Y la primera esposa es nuestra alma. Ella sí que nos acompañará hasta el final.
Por eso, cuídala, dale fortaleza y atención ahora.

¡HAZLA BRILLAR!





viernes, 5 de agosto de 2016

CUENTOS DE ISABEL ALLENDE

Para hacer más agradables e interesantes las largas tardes veraniegas, os traigo hoy una interesante propuesta. Se trata de un relato correspondiente a "Cuentos de Eva Luna" de Isabel Allende. Esta colección de cuentos narra historias fascinantes que sumergen al lector en un mundo entre la fantasía y la realidad, creando un ambiente mágico en el que no es difícil quedar atrapado.
                               







                           VIDA INTERMINABLE


Hay toda clase de historias. Algunas nacen al ser contadas, su substancia es el lenguaje y antes que alguien las ponga en palabras son apenas una emoción, un capricho de la mente, una imagen o una intangible reminiscencia. Otras vienen completas, como manzanas, y pueden repetirse hasta el infinito sin riesgo de alterar su sentido. Existen unas tomadas de la realidad y procesadas por la inspiración, mientras otras nacen de un instante de inspiración y se convierten en realidad al ser contadas. Y hay historias secretas que permanecen ocultas en las sombras de la memoria, son como organismos vivos, les salen raíces, tentáculos, se llenan de adherencias y parásitos y con el tiempo se transforman en materia de pesadillas. A veces para exorcizar los demonios de un recuerdo es necesario contarlo como un cuento.
Ana y Roberto Blaum envejecieron juntos, tan unidos que con los años llegaron a parecer hermanos; ambos tenían la misma expresión de benevolente sorpresa, iguales arrugas, gestos de las manos, inclinación de los hombros; los dos estaban marcados por costumbres y anhelos similares. Habían compartido cada día  durante la mayor parte de sus vidas y de tanto andar de la mano y dormir abrazados podían ponerse de acuerdo para encontrarse en el mismo sueño. No se habían separado nunca desde que se conocieron, medio siglo atrás. En  esa época Roberto estudiaba medicina y ya tenía la pasión que determinó su existencia de lavar al mundo y redimir al prójimo, y Ana era una de esas jóvenes virginales capaces de embellecerlo todo con su candor. Se descubrieron a través de la música. Ella era violinista de una orquesta de cámara y él que provenía de una familia de virtuosos y le gustaba tocar el piano, no se perdía un concierto. Distinguió sobre el escenario a esa muchacha vestida de terciopelo negro y cuello de encaje que  tocaba su instrumento con los ojos cerrados y se enamoró de ella a la distancia. Pasaron meses antes de que se atreviera a hablarle y cuando lo hizo bastaron cuatro frases para que ambos comprendieran que estaban destinados a un vínculo perfecto. La guerra los sorprendió antes que alcanzaran a casarse y, como millares de judíos alucinados por el espanto de las persecuciones, tuvieron que escapar de Europa. Se embarcaron en un puerto de Holanda, sin más equipaje que la ropa puesta, algunos libros de  Roberto y el violín de Ana. El buque anduvo dos años a la deriva, sin poder atracar en ningún muelle, porque las naciones del hemisferio no quisieron aceptar su cargamento de refugiados. Después de dar vueltas por varios mares, arribó a las costas del Caribe. Para entonces tenía el casco como una coliflor de conchas y líquenes, la humedad rezumaba de su interior en un moquilleo persistente, sus máquinasse habían vuelto verdes y todos los tripulantes y pasajeros -menos Ana y Roberto defendidos de la desesperanza por la ilusión del amor- habían envejecido doscientos años. El capitán, resignado a la idea de seguir deambulando eternamente, hizo un alto con su carcasa de transatlántico en un recodo de la bahía, frente a una playa de arenas fosforescentes y esbeltas palmeras coronadas de plumas, para que los marineros descendieran en la noche a cargar agua dulce para los depósitos. Pero hasta allí no más llegaron. Al amanecer del día siguiente fue imposible echa a andar las máquinas, corroídas por el esfuerzo de moverse con una mezcla de agua salada y pólvora, a falta de combustibles mejores. A media mañana aparecieron en una lancha las autoridades del puerto más cercano, un puñado de mulatos alegres con el uniforme desabrochado y la mejor voluntad, que de acuerdo con el reglamento les ordenaron salir de sus aguas territoriales, pero al saber la triste suerte de los navegantes y el deplorable estado del buque le sugirieron al capitán que se quedaran unos días allí tomando el sol, a ver si de tanto darles rienda suelta los inconvenientes se arreglaban solos, como casi siempre ocurre. Durante la noche todos los habitantes de esa nave desdichada descendieron en los botes, pisaron las arenas cálidas de aquel país cuyo nombre apenas podían pronunciar, y se perdieron tierra adentro en la voluptuosa vegetación dispuestos a cortarse las barbas, despojarse de sus trapos mohosos y sacudirse los vientos oceánicos que les habían curtido el alma.
Así comenzaron Ana  y Roberto Blaum sus destinos de inmigrantes, primero trabajando  de obreros para subsistir y más tarde, cuando aprendieron las reglas de esa sociedad voluble, echaron raíces y él pudo terminar sus estudios de medicina interrumpidos por la guerra. Se alimentaban de banana y café y vivían en una pensión humilde, en un cuarto de dimensiones escasas, cuya ventana enmarcaba un farol de la calle. Por las noches Roberto aprovechaba esa luz para estudiar y Ana para coser. Al terminar el trabajo él se sentaba a mirar las estrellas sobre los techos vecinos y ella le tocaba en su violín antiguas melodías, costumbre que conservaron como forma de cerrar el día. Años después, cuando el nombre de Blaum fue célebre, esos tiempos de pobreza se mencionaban como referencia romántica en los prólogos de los libros o en las entrevistas de los periódicos. La suerte les cambió, pero ellos mantuvieron su actitud de extrema modestia, porque no lograron borrar las huellas de los sufrimientos pasados ni pudieron librarse de la sensación de precariedad propia del exilio. Eran los dos de la misma estatura. de pupilas claras y huesos fuertes. Roberto tenía aspecto de sabio, una melena desordenada le coronaba las orejas, llevaba gruesos lentes con marcos redondos de carey, usaba siempre un traje gris, que reemplazaba por otro igual cuando Ana renunciaba a seguir zurciendo los puños, y se apoyaba en un bastón de bambú que un amigo le trajo de la India. Era un hombre de pocas palabras, preciso al hablar como en todo lo demás, pero con un delicado sentido del humor que suavizaba el peso de sus conocimientos. Sus alumnos habrían de recordarlo como el más bondadoso de los profesores. Ana poseía un temperamento alegre y confiado, era incapaz de imaginar la maldad ajena y por eso resultaba inmune a ella. Roberto reconocía que su mujer estaba dotada de un admirable sentido práctico y desde el principio delegó en ella las decisiones importantes y la administración del dinero. Ana cuidaba de su marido con mimos de madre, le cortaba el cabello y las uñas, vigilaba su salud, su comida y su sueño, estaba siempre al alcance de su llamado. Tan indispensable les resultaba a ambos la compañía del otro, que Ana renunció a su vocación musical, porque la habría obligado a viajar con frecuencia, y sólo tocaba el violín en la intimidad de la casa. Tomó la costumbre de ir con Roberto en las noches a la morgue o a la biblioteca de la universidad donde él se quedaba investigando durante largas horas- A los dos les gustaba la soledad y el silencio de los edificios cerrados.
Después regresaban caminando por las calles vacías hasta el barrio de los pobres donde se encontraba su casa. Con el crecimiento  descontrolado de la ciudad ese sector se convirtió en un nido de traficantes, prostitutas y ladrones, donde ni los carros de la policía se atrevían a circular después de la puesta de sol, pero ellos lo cruzaban de madrugada sin ser molestados. Todo el mundo los conocía. No había dolencia ni problema que no fueran consultados con Roberto y ningún niño había crecido allí sin probar las galletas de Ana. A  los extraños alguien se encargaba de explicarles desde un principio que por razones de sentimiento lo viejos eran intocables. Agregaban que los Blaum constituían un orgullo para la Nación, que el Presidente en persona había condecorado a Roberto y que eran tan respetables, que ni siquiera la Guardia los molestaba cuando entraba al vecindario con sus máquinas de guerra, allanando las casas una por una.
Yo los conocí al final de la década de los sesenta, cuando en su locura mi Madrina se abrió el cuello con una navaja. La llevamos al hospital desangrándose a borbotones, sin que nadie alentara esperanza real de salvarla, pero tuvimos la buena suerte de que Roberto Blaum estaba allí y procedió tranquilamente a coserle la cabeza en su lugar. Ante  el asombro de los otros médicos, mi Madrina se repuso. Pasé muchas horas sentada junto a su cama durante las semanas de convalecencia y hubo varias ocasiones de conversar con Roberto. Poco a poco iniciamos una sólida amistad. Los Blaum no tenían hijos y creo que les hacía falta, porque con el tiempo llegaron a tratarme como si yo lo fuera. Iba a verlos a menudo, rara vez de noche para no aventurarme sola en ese vecindario, ellos me agasajaban con algún plato especial para el almuerzo. Me gustaba ayudar a Roberto en el jardín y a Ana en la cocina. A veces ella cogía su violín y me regalaba un par de horas de música. Me entregaron la llave de su casa y cuando viajaban yo les cuidaba al perro y les regaba las plantas.
Los éxitos de Roberto Blaum habían empezado temprano, a pesar del atraso que la guerra impuso a su carrera. A una edad en que otros médicos se inician en los quirófanos, él ya había publicado algunos ensayos de mérito, pero su notoriedad comenzó con la publicación de su libro sobre el derecho a una muerte apacible. No le tentaba la medicina privada, salvo cuando se trataba de algún amigo o vecino, y  prefería practicar su oficio en los hospitales de indigentes, donde podía atender  a un número mayor de enfermos y aprender cada día algo nuevo. Largos turnos en los pabellones de moribundos le inspiraron una compasión por esos cuerpos frágiles encadenados a las máquinas de vivir, con el suplicio de agujas y mangueras, a quienes la ciencia les negaba un final digno con el pretexto de que se debe mantener el aliento a cualquier costo. Le dolía no poder ayudarlos a dejar este mundo y estar obligado, en cambio, a retenerlos contra su voluntad en sus camas agonizantes. En algunas ocasiones el tormento impuesto a uno de sus enfermos se le hacía tan insoportable, que no lograba apartarlo ni un instante de su mente. Ana debía despertarlo, porque gritaba dormido.En el refugio de las sábanas él se abrazaba a su mujer, la cara hundida en sus senos, desesperado.
-¿ Por qué no desconectas los tubos y le alivias los padecimientos a ese pobre infeliz? Es lo más piadoso que puedes hacer. Se va a morir de todos modos, tarde o temprano...
-No puedo, Ana. La ley es muy clara, nadie tiene derecho a la vida de otro, pero para mí esto es un asunto de conciencia.
- Ya hemos pasado antes por esto y cada vez vuelves a sufrir los mismos remordimientos. Nadie lo sabrá, será cosa de un par de minutos.
Si en alguna oportunidad Roberto lo hizo, sólo Ana lo supo. Su libro proponía que la muerte, con su ancestral carga de terrores, es sólo el abandono de una cáscara inservible, mientras el espíritu se reintegra en la energía única del cosmos. La agonía, como el nacimiento, es una etapa del viaje y merece la misma misericordia. No hay la menor virtud en prolongar los latidos y temblores de un cuerpo más allá del fin natural, y la labor del médico debe ser facilitar el deceso, en vez de contribuir a la engorrosa burocracia de la muerte. Pero tal decisión no podía depender sólo del discernimiento de los profesionales o la misericordia de los parientes, era necesario  que la ley señalara un criterio.
La proposición de Blaum provocó un alboroto de sacerdotes, abogados y doctores. Pronto el asunto trascendió de los círculos científicos e invadió la calle, dividiendo las opiniones. Por primera vez alguien hablaba de ese tema, hasta entonces la muerte era un asunto silenciado, se apostaba a la inmortalidad, cada uno con la secreta esperanza de vivir para siempre. Mientras la discusión se mantuvo a un nivel filosófico, Roberto Blaum se presentó en todos los foros para sostener su alegato, pero cuando se convirtió en otra diversión de las masas, él se refugió en su trabajo, escandalizado ante la desvergüenza con que explotaron su teoría con fines comerciales. La muerte pasó a primer plano, despojada de toda realidad y convertida en alegre motivo de moda.
Una parte de la prensa acusó a Blaum de promover la eutanasia y comparó sus ideas con la de los nazis, mientras otra parte lo aclamó como a un santo. Él ignoró el revuelo y continuó sus investigaciones y su labor en el hospital. Su libro se tradujo a varias lenguas y se difundió en otros países, donde el tema también provocó reacciones apasionadas. Su fotografía salía con frecuencia en las revistas de ciencia. Ese año le ofrecieron una cátedra en la Facultad de Medicina y pronto se convirtió en el profesor más solicitado por los estudiantes. No había ni asomo de arrogancia en Roberto Blaum, tampoco el fanatismo exultante de los administradores de las revelaciones divinas, sólo la apacible certeza de los hombres estudiosos. Mientras mayor era la fama de Roberto, más recluida era la vida de los Blaum. El impacto de esa breve celebridad los asustó y acabaron por admitir a muy pocos en su círculo más íntimo. La teoría de Roberto fue olvidada por el público con la misma rapidez con que se puso de moda. La ley no fue cambiada, ni siquiera se discutió el problema en el Congreso, pero en el ámbito académico y científico el prestigio del médico aumentó. En los siguientes treinta años Blaum formó varias generaciones de cirujanos, descubrió nuevas drogas y técnicas quirúrgicas y organizó un sistema de consultorios ambulantes, carromatos, barcos y avionetas equipados con todo lo necesario para atender desde partos hasta epidemias diversas, que recorrían el territorio nacional llevando socorro hasta las zonas más remotas allá donde antes  sólo los misioneros habían puesto los pies. Obtuvo incontables premios, fue Rector de la Universidad durante una década y Ministro de Salud durante dos semanas, tiempo que demoró en juntar las pruebas de la corrupción administrativa y el despilfarro de los recursos y presentarlas al Presidente, quien no tuvo más alternativa que destituirlo, porque no se trataba de sacudir los cimientos del gobierno para darle gusto a un idealista. En esas décadas Blaum continuó las investigaciones con moribundos. Publicó varios artículos sobre la obligación de decir la verdad a los enfermos graves, para que tuvieran tiempo de acomodar el alma y no se fueran pasmados por la sorpresa de morirse, y sobre el respeto debido a los suicidas y las formas de poner fin a la propia vida sin dolores ni estridencias inútiles.
 El nombre de Blaum volvió a pronunciarse por las calles cuando fue publicado su último libro, que no sólo remeció a la ciencia tradicional, sino que provocó una avalancha de ilusiones en todo el país. En su larga experiencia en hospitales Roberto había tratado a innumerables pacientes de cáncer y observó que mientras algunos eran derrotados por la muerte, con el mismo tratamiento otros sobrevivían. En su libro, Roberto intentaba demostrar la relación entre el cáncer y el estado de ánimo, y aseguraba que la tristeza y la soledad facilitan la multiplicación de las células fatídicas, porque cuando el enfermo está deprimido bajan las defensas del cuerpo, en cambio si tiene buenas razones para vivir su organismo lucha sin tregua contra el mal. Explicaba que la cura, por lo tanto, no puede limitarse a la cirugía, la química o recursos de boticario, que atacan sólo las manifestaciones físicas, sino que debe contemplar sobre todo la condición del espíritu. El último capítulo sugería que la mejor disposición se encuentra en aquellos que cuentan con una buena pareja o alguna otra forma de cariño porque el amor tiene un efecto benéfico que ni las drogas más poderosas pueden superar.
La prensa captó de inmediato las fantásticas posibilidades de esta teoría y puso en boca de Blaum cosas que él jamás había dicho. Si antes la muerte causó un alboroto inusitado, en esta ocasión algo igualmente natural fue tratado como novedad. Le atribuyeron al amor virtudes de Piedra Filosofal y dijeron que podía curar todos los males. Todos hablaban del libro, pero muy pocos lo leyeron. La sencilla suposición de que el afecto puede ser bueno para la salud se complicó en la medida en que todo el mundo quiso agregarle o quitarle algo, hasta que la idea original de Blaum se perdió en una maraña de absurdos, creando una confusión colosal en el público. No faltaron los pícaros que intentaron sacarle provecho al asunto, apoderándose del amor como si fuera un invento propio. Proliferaron nuevas sectas esotéricas, escuelas de psicología, cursos para principiantes, clubes para solitarios, píldoras de la atracción infalible, perfumes devastadores y un sinfín de adivinos de pacotilla que usaron sus barajas y sus bolas de vidrio para vender sentimientos de cuatro centavos. Apenas descubrieron que Ana y Roberto Blaum eran una pareja de ancianos conmovedores, que habían estado juntos mucho tiempo y que conservaban intactas la fortaleza del cuerpo, las facultades de la mente y la calidad de su amor, los convirtieron en ejemplos vivientes. Aparte de los científicos que analizaron el libro hasta la extenuación, los únicos que lo leyeron sin propósitos sensacionalistas fueron los enfermos de cáncer, sin embargo, para ellos la esperanza de una curación definitiva se convirtió en una burla atroz, porque en verdad nadie podía indicarles dónde hallar el amor, cómo obtenerlo y mucho menos la forma de preservarlo. Aunque tal vez la idea de Blaum no carecía de lógica, en la práctica resultaba inaplicable.
Roberto estaba consternado ante el tamaño del escándalo. pero Ana le recordó lo ocurrido antes y lo convenció de que era cuestión de sentarse a esperar un poco, porque la bulla no duraría mucho. Así ocurrió. Los Blaum no estaban en la ciudad cuando el clamor se desinfló. Roberto se había retirado de su trabajo en el hospital y en la universidad, pretextando que estaba cansado y que ya tenía edad para hacer una vida más tranquila. Pero no logró mantenerse ajeno a su propia celebridad, su casa se veía invadida por enfermos suplicantes, periodistas, estudiantes, profesores, y curiosos que llegaban a toda hora. Me dijo que necesitaba silencio, porque pensaba escribir otro libro, y lo ayudé a buscar un lugar apartado donde refugiarse. Encontramos una vivienda en La Colonia, una extraña aldea incrustada en un cerro tropical, réplica de algún villorio bávaro del siglo diecinueve, un desvarío arquitectónico de casas de madera pintada, relojes de cucú, macetas de geranios y avisos con letras góticas. habitada por una raza de gente rubia con los mismos trajes tiroleses y mejillas rubicundas que sus bisabuelos trajeron al emigrar de la Selva Negra. Aunque ya entonces La Colonia era la atracción turística que hoy es, Roberto pudo alquilar una propiedad aislada donde no llegaba el tráfico de los fines de semana. Me pidieron que me hiciera cargo de sus asuntos en la capital, yo colectaba el dinero de su jubilación, las cuentas y el correo. Al principio los visité con frecuencia, pero pronto me di cuenta que en mi presencia mantenían una cordialidad algo forzada, muy diferente a la bienvenida calurosa que antes me prodigaban. No pensé que se tratara de algo contra mí, ni mucho menos, siempre conté con su confianza y su estima, simplemente deduje que deseaban estar solos y preferí comunicarme con ellos por teléfono y por carta.
Cuando Roberto Blaum me llamó por última  vez, hacía un año que no los veía. Hablaba muy poco con él, pero mantenía largas conversaciones con Ana. Yo le daba noticias del mundo y ella me contaba de su pasado, que parecía irse tornando cada vez más vívido para ella, como si todos los recuerdos de antaño fueran parte de su presente en el silencio que ahora la rodeaba. A veces me hacía llegar por diversos medios galletas de avena que horneaba para mí y bolsitas de lavanda para perfumar los armarios. En los últimos meses me enviaba también delicados regalos: un pañuelo que le dio su marido muchos años atrás, fotografías de su juventud, un prendedor antiguo. Supongo que eso, más el deseo de mantenerme alejada y el hecho de que Roberto eludiera hablar del libro en preparación, debieron darme las claves, pero en verdad no imaginé lo que estaba sucediendo en aquella casa de las montañas. Más tarde, cuando leí el diario de Ana, me enteré de que Roberto no escribió una solo línea. Durante todo ese tiempo se dedicó por entero a amar a su mujer, pero eso no logró desviar el curso de los acontecimientos.
En los fines de semana el viaje a La Colonia se convierte en un peregrinaje de coches con los motores calientes que avanzan a vuelta de las ruedas, pero durante los otros días, sobre todo en la temporada de lluvias, es un paseo solitario por una ruta de curvas cerradas que corta las cimas de  los cerros, entre abismos sorpresivos y bosques de cañas y palmas. Esa tarde había nubes atrapadas entre las colinas y el paisaje parecía de algodón. La lluvia había callado a los pájaros y no se oía más que el sonido del agua contra los cristales. Al ascender refrescó el aire y sentí la tormenta suspendida en la niebla, como un clima de otra latitud. De pronto, en un recodo del camino apareció aquel villorrio de aspecto germano. con sus techos inclinados para soportar una nieve que jamás caería. Para llegar donde los Blaum había que atravesar todo el pueblo, que a esa hora parecía desierto. Su cabaña era similar a todas las demás, de madera oscura, con aleros tallados y ventanas con cortinas de encaje, al frente florecía un jardín bien cuidado y atrás se extendía un pequeño huerto de fresas. Corría una ventisca fría que silbaba entre los árboles, pero no vi humo en la chimenea. El perro, que los había acompañado durante años, estaba echado en el porche y no se movió cuando lo llamé, levantó la cabeza y me miró sin mover la cola, como si no me reconociera, pero me siguió cuando abrí la puerta, que estaba sin llave, y crucé el umbral. Estaba oscuro. Tanteé la pared buscando el interruptor y encendí las luces. Todo se veía en orden, había ramas frescas de eucalipto en los jarrones, que llenaban el aire de un olor limpio. Atravesé la sala de esa vivienda de alquiler, donde nada delataba la presencia de los Blaum, salvo las pilas de libros y el violín, y me extrañó de que en año y medio mis amigos no hubieran implantado sus personalidades al lugar donde vivían.
Subí la escalera al ático, donde estaba el dormitorio principal, una pieza amplia, con altos techos de vigas rústicas, papel desteñido en los muros y muebles ordinario de vago estilo provenzal. Una lámpara de velador alumbraba la cama, sobre la cual yacía Ana, con el vestido de seda azul y el collar de corales que tantas veces le vi usar. Tenía en la muerte la misma expresión de inocencia con que aparece en la fotografía de su boda, tomada mucho tiempo atrás, cuando el capitán del barco la casó con Roberto a setenta millas de la costa, esa tarde espléndida en que los peces voladores salieron del mar para anunciarles a los refugiados que la tierra prometida estaba cerca, El perro que me había seguido, se encogió en un rincón gimiendo suavemente.
Sobre la mesa de noche, junto a un bordado inconcluso y al diario de vida de Ana, encontré una nota de Roberto dirigida a mí, en la cual me pedía que me hiciera cargo de su perro y que los enterrara en el mismo ataúd en el cementerio de esa aldea de cuentos. Habían decidido morir juntos, porque ella estaba en la última fase de un cáncer y preferían viajar a otra etapa tomados de la mano, como siempre habían estado, para que en el instante fugaz en que el espíritu se desprende no corrieran el riesgo de perderse en algún lugar del vasto universo.
Recorrí la casa en busca de Roberto. Lo encontré  en una pequeña habitación detrás de la cocina, donde tenía su estudio, sentado ante un escritorio de madera clara, con la cabeza entre las manos, sollozando. Sobre la mesa estaba la jeringa con que inyectó el veneno a su mujer, cargada con la dosis destinada para él. Le acaricié la nuca, levantó la vista y me miró largamente. Supongo que quiso evitarle a Ana los sufrimientos del final y preparó la partida de ambos de modo que nada alterara la serenidad de ese  instante, limpió la casa, cortó ramas para los jarrones, vistió y peinó a su mujer y cuando estuvo todo dispuesto le colocó la inyección. Consolándola con la promesa de que pocos minutos después se reuniría con ella, se acostó a su lado y la abrazó hasta tener la certeza de que ya no vivía. Llenó de nuevo la jeringa, se subió la manga de la camisa y tanteó la vena, pero las cosas no resultaron como las había planeado. Entonces me llamó.
-No puedo hacerlo, Eva. Sólo a ti puedo pedírtelo... Por favor, ayúdame a morir.